Bellver, 4 de agosto de 1806
 
Carta sobre la poesía provenzal
 

Amigo y señor:
Como en la conversación que tuvimos anoche sobre la lengua y poesía llamadas provenzales se produjeron y cruzaron muchas ideas sin que se determinase bien ninguna, y como que usted, aunque inclinado al dictamen que yo sostuve, me pareció no bien convencido de mis razones, he pensado que no le sería desagradable leerlas reunidas y expuestas con más orden del que permite una rápida discusión, y esto pienso hacer en la presente carta, bien que las expondré con la misma franqueza y desaliño con que las oyó de mi boca. La materia no es del todo indiferente, y si yo no voy descaminado en mi dictamen, creo que fundándole podré suplir el descuido con que otros han tratado la materia, en desdoro de nuestro Parnaso.
Sé que la historia literaria supone a los provenzales inventores de la lengua y poesía que llevan su nombre y autores de la perfección de una y otra; pero ¿lo fueron? Veámoslo.
Dos dialectos principales, sin contar otros, dividieron en su origen la lengua francesa . Entre ellos había mucha semejanza, pero también notables anomalías. Una, que por más familiar en el uso fijó más la atención, empezó a distinguirlos, y era que en las provincias del norte el adverbio afirmativo sí se expresaba por la palabra oui y en las del sur por la palabra oc. De allí vino que al primero se llamase langue d’oui, y al segundo langue d’oc, y de allí también que por este nombre se indicase después la provincia que así hablaba.
Mas, sea que en la Provenza, do se hablaba también, se hablase mejor, o por otra razón, que ni sé ni creo del caso averiguar, a la lengua del mediodía se la bautizó luego con el título de provenzal y, desde entonces, la del norte se llamó ya pro famosiori lengua francesa.
Tampoco sé por qué la primera tomó después el título de lengua lemosina, que conserva aún. Pudo venirle del pequeño condado de este nombre, y pudo del más pequeño distrito del Limoux, como parece más probable, por estar más vecino a España, donde aquel título tuvo y tiene más uso. Pero como quiera que sea, los dictados de lengua de oc, lengua provenzal y lengua lemosina, son enteramente sinónimos y se refieren a un mismo signado.
Lo que hace más a nuestro propósito es que este dialecto o lengua nunca fue peculiar al Languedoc, ni a la Provenza, ni al Limosín, ni a otro punto del mediodía de Francia, sino común a todos ellos, y con ellos a toda la costa del Mediterráneo español, hasta donde le detenía la lengua de los árabes. Por esto, al paso que las medias lunas eran expelidas de aquella costa, el tal dialecto, o por mejor decir, lengua, se extendió y cundió por todo el reino de Valencia y saltó a las islas Baleares, pudiendo decirse que antes de la mitad del siglo XIII los aledaños de su imperio estaban señalados en el Ródano, el Turia y al confín oriental a Mallorca.
No se diga que los dialectos de estos países son diferentes, porque las anomalías que los distinguen, o pertenecen a tiempos posteriores o son tan ligeras que no destruyen su identidad, como se podría probar con un millón de ejemplos, si necesario fuese.
Es también de advertir que lo que digo de la lengua ha de entenderse también de la poesía, y esto con harto mayor razón, pues que aquella se vino a hacer tan de moda entre los poetas, que no sólo componían en ella los franceses y españoles mediterráneos, sino también otros del interior y muchos italianos, y algunos ingleses y alemanes hacían gala de ejercitarla.
Ahora bien ¿probarán nuestros vecinos que esta lengua y poesía nacieron en algún punto determinado de sus provincias y se fueron extendiendo de él hasta las nuestras? Tanto era menester para asegurarse la gloria que pretenden.
Pero tanto es difícil, porque las lenguas se forman, no se inventan. Brotan y crecen poco a poco; no nacen de la noche a la mañana, como los hongos. Ni nacen en un corrillo o tertulia, ni en una plaza o lugar circunscripto, sino en un territorio más o menos extendido, y siempre entre muchos pueblos, unidos con vínculos de sociedad o con íntimas relaciones de interés, trato y comercio. ¿De dónde, pues, sacarán sus pruebas? ¿De los nombres dados a esta lengua? Pero éstos las destruyen por su misma variedad, porque si el título de Languedoc no excluye el de provenzal, ni este el de lemosina, es claro que ninguno de los tres excluirá el de catalana, que también se dio a esta lengua, y no sin buena razón, para distinguirla de la francesa.
¿Ocurrirán a la etimología? Pero esta prueba, aunque la más segura para determinar el origen de las lenguas, tampoco favorecerá a nuestros vecinos, porque si nos citan palabras derivadas del griego, diremos que colonias griegas hubo acá como allá; si del latín, que acá y allá dominaron, y allá y acá introdujeron su lengua los romanos; si del teutónico o gótico, que nuestros visigodos extendieron sus conquistas hasta el Ródano, y fundaron allende del Pirineo una provincia que agregaron al imperio español; y en fin, si del árabe, que también pasaron de acá a dominar por allá las medias lunas.
Pero tal vez, tomando las cosas de más cerca, nos alegarán la dominación de la dinastía carolina en Cataluña; cantinela que se oye frecuentemente en su boca. Mas si consta que aún en este breve período Cataluña fue gobernada por sus condes, bien que feudatarios; que estos condes se hicieron luego hereditarios, y luego soberanos independientes, y luego acabaron extendiendo su dominación fuera del Pirineo por la Francia meridional, y esto antes que la lengua de que se trata hubiese, por decirlo así, cuajado, ¿qué fuerza tendrá la tal alegación? A más de que, tratándose de países que hablaban antes una misma lengua, esto es, la latina, y que con ocasión de guerras y alianzas y comercio recíproco andaban siempre unidos o revueltos, y en fin, de países que por lo menos nada se debían en materia de cultura, ¿no será tan fácil probar que los catalanes llevaron allá esta lengua como que la trajeron?
Mas no es esto de lo que trato, que fuera contra mis principios, y que tampoco merece grande empeño. Si nuestros vecinos le tuvieren en defender la gloria de inventores, por mí, salva la verdad, que se la lleven, pero peor para ellos.
Dígolo, porque en semejante materia la invención no es un mérito, la perfección sí y muy grande; aquélla es hija de la ignorancia, ésta de la ilustración. Es el vulgo, no los sabios, quien forma las lenguas; los sabios, y no el vulgo, las perfeccionan. Al formarse las lenguas vulgares de Europa se puede decir que el instrumento del habla se desmejoró y echó a perder, esto es, que para la expresión de las ideas, un instrumento bueno, bien labrado y pulido, cual era la lengua latina, se fue gastando y torciendo hasta quedar imperfecto y grosero. Mas al perfeccionarse este instrumento malo se fue poco a poco mejorando, y enderezando y puliendo y adaptando, no sólo a la expresión de las ideas, sino también a su atavío y galanura. Veamos pues a quién toca esta gloria, que bien merece la pena.
No repetiré lo que han dicho en este punto los eruditos jesuitas Lampillas y Andrés , ni fundaré el derecho de nuestra patria en vanos títulos; fundarele en hechos constantes, reconocidos y atestiguados por nuestros mismos vecinos, y particularmente en dos autoridades que por fortuna tengo a la mano, y que son a cual más respetables, a saber: la de monsieur Gaufridi en el libro II de su Historia de Provenza y la de los eruditos padres don Vaissete y don Vic, en los libros, 18, 20, 23 y 26 de la [de] Languedoc, a que me remito de una vez por no amontonar citas .
El señor Juan Francisco Gaufridi, barón de Trets, provenzal y cronista * de Provenza, tratando del origen y progresos de la poesía de su país, dice estas notables palabras: «Con esto, viniendo a dominar en él los Berengueles, la lengua tomó nueva forma, como sucede de ordinario (ojo a la frase) cuando se recibe la lengua del Soberano». En esta mudanza la poesía halló nuevos atractivos, ya en la novedad, ya por los grandes esfuerzos de los poetas a quienes estos príncipes cultivaron con sus beneficios.
Conozco que este autor dijo aquí más de lo que quiso decir, pues que antes diera por sentado que la lengua y poesía de su país naciera en él. Pero lo que dijo, como quiera que se interprete, siempre probará que según su opinión la lengua de su país se mejoró y pulió con el lenguaje que introdujeron los Berengueles y al influjo de su protección.
Esto mismo se confirma con los hechos acreditados por la historia del tiempo, pues sin contar el influjo que pudieron tener el trato y comercio de los catalanes con las provincias de esta lengua, su dominación en algunas de ellas y sus enlaces y parentescos en casi todas antes de la entrada de los Berengueles en Provenza, es constante que la soberanía de estos príncipes empezó allí con el siglo XII; y si su lengua, como creo, se hablaba ya en el país, sólo pudo decirse nueva por más culta y pulida. Y si lo era, ¿cómo no lo sería también la poesía vulgar de Cataluña, esto es, del país de donde los Berengueles llevaron su afición, su talento poético y su deseo de estimular y proteger a los poetas, como lo hicieron, no sólo con premios y favores, sino también con ejemplos?
Por una casualidad, muy feliz para Provenza, este talento y esta afición de sus príncipes, venidos primero de Cataluña, continuaron después renovándose y recibiendo de allí nuevo vigor, porque, o sus condes por ser de menor edad eran llevados a educar en Barcelona con los soberanos de su familia, o estos, venidos a gobernar a Provenza, ya por derechos de sucesión y ya como tutores de sus sobrinos; circunstancia que no debe ser olvidada para interpretar algunos hechos muy importantes en esta discusión, y de que se han sacado falsas o, por lo menos, muy dudosas consecuencias.
Uno de ellos, muy citado y cacareado por los provenzales, es la agradable sorpresa con que el emperador Federico Barbarroja * oyó a los poetas que el conde Ramón Berenguel II, por sobrenombre Arnaldo, llevó consigo y le presentó cuando le visitó en Turín. Pero si se considera que este joven conde de Provenza se había educado en Cataluña, que de allí acababa de salir para hacer aquella visita, que no era él, sino su tío y tutor, el conde de Barcelona del mismo nombre (que murió al paso en San Dalmacio), quien la había dispuesto e iba a su cabeza; que éste era el tiempo en que los poetas provenzales necesitaban todavía del ejemplo y recibían el influjo de los catalanes, y en fin, que aquel mismo Príncipe, criado con éstos, había adquirido allí o cultivado el talento que le dio la opinión de buen poeta, ¿cómo se podrá pretender que los poetas presentados a Barbarroja eran de Provenza, y no de Cataluña? .
Y ¿dónde, sino allí, se educó su sucesor Alfonso II, rey de Aragón y conde de Provenza, que en la historia de esta poesía vale por muchos, no sólo como su protector, sino como su distinguido alumno? Sucedió a éste en el condado de Provenza otro Alfonso, su hijo, que también se educó en Barcelona, mientras que sus estados eran gobernados por don Pedro II de Aragón, su hermano; aquel príncipe tan galán como entendido, tan querido de las damas como loado de los poetas, y que tuvo un lugar tan distinguido entre ellos como entre sus protectores. Por fin, en Barcelona se educó Ramón Berenguel, tercero del nombre; aquel mecenas de los poetas, tan pródigo que según monsieur Gaufridi se empobreció por enriquecerlos, y que no dio menos gloria a la poesía con sus versos que estímulo con sus dádivas. Y si todo esto pasó en el mismo siglo en que se fue mejorando la poesía de Provenza, ¿cómo se negará a la España la gloria de haberla mejorado?
Agrégase a esto que muchos trovadores de Provenza, no contentos con la protección de su corte, buscaron en las de Aragón y Castilla una más ancha esfera de aprecio y de favor. En ambas anduvieron parte de su vida Pedro Ramón, Hugo de San Ciro y el célebre Folguer o Fulguerio, obispo de Tolosa, empleado por ambas en negocios políticos y eclesiásticos. Alfonso II, que protegió también a éstos, trajo además a su lado a Pedro Roger y Pedro Vidal; y su hijo, don Pedro II, acogió después a este último y a Ramón Mirabal, y a Aimaro, llamado el negro de Albi, y aun al ingrato y extravagante Perdigon, que habiendo empleado su pluma en celebrar la muerte de tan generoso bienhechor, fue después, por su negra ingratitud, odiado y escarnecido de todos. Hasta la prudente reina doña María, su viuda, favoreció a los poetas, entre los cuales escogió después su hijo, el gran don Jaime, a Pedro Cardenal, canónigo de Puy, para que le siguiese en sus expediciones y conquistas.
Y si las damas provenzales quisieron hacer, y con efecto hicieron, tan gran papel en la historia de esta poesía, ¿no es también cierto que recibieron el impulso de los príncipes Berengueles? A ellos o a su influjo, confiesa el señor Gaufridi que se debió la institución de aquellas célebres cortes de amor que estas damas establecieron, en que ellas presidían y juzgaban y que fueron después el más ilustre teatro de los ingenios. Así que, mientras las condesas de Provenza los animaban, favoreciendo en su corte tan recomendable institución, otro tanto hacían en Narbona y Carcasona, Armengola o Ermengalda, tía de don Nuño de Lara, y en Tolosa las dos infantas de Aragón Leonor y Sancha, hermanas de don Pedro II y esposas de los dos condes Raimundos, insignes protectores de los poetas en aquella otra ilustre escena de la musa provenzal.
Y por último, ¿quién hizo volar es[t]a musa hasta el hermoso país de Italia, sino la discreta Beatriz, último retoño de los Berengueles de Provenza, que impaciente, según la frase de Garibay, de no ser reina, como sus hermanas, después de dar a la casa de Anjou el estado de sus mayores, elevó a Carlos, su marido, a coronarse en Roma y ocupar el trono de Nápoles, y que allí, en medio de los poetas que siempre la seguían, dio el grito de vela, que despertó * los felices ingenios de aquel clima, a quienes tanta gloria llevó después la poesía vulgar?
Pero si los príncipes españoles tuvieron la de haber educado en su infancia la musa provenzal, y protegídola y perfeccionádola en su edad adulta, otra mayor adquirieron por haber fomentado su vejez y preservádola de la ruina y conservado en España todo su esplendor. Es verdad que monsieur Gaufridi la hace vivir en su país hasta el siglo XV, pues la supone fallecida en manos del pretenso rey de Nápoles Renato. Pero a esta época se puede decir que había poetas en Provenza, mas no que había poesía. El mismo señor Gaufridi confiesa y lamenta su decadencia y abandono, y en esto va de acuerdo con los historiadores de Languedoc. Pero el dictamen de Juan Nostradamo es todavía más decisivo en el asunto, por más cercano a estos tiempos, bien que su crítica no sea sin tacha para los más antiguos .
Hablando este autor de la poesía provenzal y de los profesores que se distinguieron en ella, cierra, por decirlo así, su historia, diciendo expresamente que los poetas y sus Mecenas acabaron con la famosa Juana de Nápoles. Alors, dice, defaillirent les Mecénes, et defaillirent aussi les poètes. Y como la trágica muerte de esta reina hubiese acaecido en 1382… es claro que el término de la poesía provenzal en Francia coincide con el del siglo XIV. Éste es el que le señalan también los autores del teatro francés , pues que citando la opinión de Nostradamo, dan bien a entender que después de aquel tiempo ya no hubo en la Francia meridional trovadores señalados, sino juglares, que cantaban y repetían las recomposiciones de los antiguos.
Ahora bien, que en esta misma época y después de ella floreciesen las musas de Aragón es cosa que no admite disputa, y cuando no se probase con el testimonio de muchos historiadores, se probaría con tantas buenas poesías como se compusieron en Cataluña, muchas de las cuales vieron la luz y son harto conocidas.
Con todo, hay en este punto una duda, y no está todavía bien disipada, y sobre la cual me permitirá usted detenerme algún tanto.
Da ocasión a ella la famosa embajada que el rey don Juan I envió a Francia pidiendo algunos poetas de Tolosa para su corte, de lo cual resultan al parecer dos consecuencias; una que hacían falta en ella, otra que los había en Francia. El hecho es constante, pero su sencilla exposición hará ver que las consecuencias deducidas de él son falsas.
Asentemos primero que el rey don Juan no podía desear poetas, porque tenía demasiados en su corte, como censura Mariana y atestigua Zurita . Y cuando le faltasen, la fama de su protección y generosidad, ¿no bastaría para atraerlos a ella sin ruegos ni embajadas? ¿Quién no sabe que los trovadores de aquel tiempo andaban a caza de ella, no sólo de corte en corte, sino de castillo en castillo, y que a este género de moscas bastaba presentarle la miel para que volase a buscarla? ¿No atestigua monsieur Gaufridi que el más célebre trovador de aquel tiempo, el caballero Cibo, llamado después el Monje de las islas de Oro, y que fue el primer cronista de la poesía provenzal, anduvo siempre al lado de la reina Yolanda y consagró su musa a su alabanza y a la del rey, su esposo? Luego estos príncipes deseaban otra cosa, y ¿cuál podía ser sino la academia poética que había en Tolosa, para señalar más y más su protección a la poesía, trasladando a su corte una institución que le podía dar tanto esplendor ?
Para que esto no quede en estado de simple conjetura conviene saber que la institución del tribunal o consistorio de amor de Tolosa no era una institución antigua, sino moderna, ni del buen tiempo de la poesía provenzal, sino del de su decadencia, la que empezó a sentir luego que le faltó la protección y sombra de la familia Berenguela. Había tenido su origen en la asociación que hicieron algunos particulares en 1323 con deseo de restaurar la antigua gloria de la poesía; habíala por tanto abrigado y autorizado el ayuntamiento de Tolosa; pero ni tuvo ordenanzas ni recibió su última forma hasta 1353. Hízose a la verdad muy célebre desde sus principios; pero no debió esta celebridad a la excelencia de sus poetas, de que es buena prueba que el primero que fue laureado por aquella junta, Arnaldo de Vidal, vino allí de la corte de Aragón a disputar el premio . Debiola a la pompa y celebridad con que por el mes de mayo de cada año tenía sus sesiones (de do les vino el nombre de juegos floreales), y al aparato y solemnidad con que se adjudicaban los premios (que eran una violeta de oro y una mosqueta y una caléndula de plata); y en fin, la debió a la codicia con que acudían a estos premios los ingenios, a quien no suele mover menos la vanidad que el interés. Todo esto, ya se ve, hacía mucho ruido desde lejos, y le hacía mayor en una corte tan amiga de la poesía y donde hormigueaban los poetas. Los reyes de Aragón desearon para ella una institución semejante, y para erigirla no bastaban sus poetas. Faltábanle las leyes, las fórmulas y el completo ceremonial de aquel cuerpo literario, que fomentaba a un mismo tiempo la poesía y le elocuencia, y sobre todo, le faltaban poetas prácticos y duchos en los usos y estilos del mismo cuerpo. He aquí ya el objeto de la embajada del rey Juan, tan cacareada como mal entendida. La decadencia de la poesía provenzal en aquel tiempo, y la prosperidad sucesiva de la de Cataluña, no dejan la menor duda en esta explicación.
Pero tiene además un firme apoyo en el hecho mismo; pues que en efecto el establecimiento de la corte de amor se verificó en Barcelona, y aun se repitió después en Tortosa; y esta institución, lejos de decaer, como asienta el erudito don Juan Andrés, prosperó bajo los sucesores del rey don Juan.
A pocos años de haber perdido tan celoso protector la musa catalana, halló otro no menos insigne en el infante de Antequera, después de Fernando I, el príncipe justo y discreto, que educado en la corte de Castilla, llevó a la de Aragón, con su gran reputación y grandes virtudes, el amor a la poesía y el aprecio de sus profesores, que les manifestó desde la primera edad. Apenas fue llamado al trono por el voto de sus vasallos, cuando contando entre los cuidados del gobierno la protección de las letras, se dio a fomentar la nueva academia poética, añadió más pompa a sus sesiones, y no se desdeñó de presidir alguna vez por sí mismo las que con gran solemnidad celebraba el consistorio o tribunal de amor de Barcelona para sus juegos floreales; ayudose en este designio de su erudito y desgraciado tío, don Enrique de Aragón, marqués de Villena, honor de nuestro Parnaso, a quien debió España la primera poesía vulgar, la primera versión de la Eneida, y otras obras que la envidia persiguió e hizo que se condenasen a las llamas. De la solemnidad con que estas juntas públicas se celebraban, y del aparato con que se adjudicaba en ellas la violeta de oro, consta por un precioso fragmento del mismo don Enrique, que publicó el laborioso don Gregorio Mayans en sus Orígenes de la lengua castellana , y de otro, no menos raro, que debemos al erudito bibliotecario don Juan Antonio Pellicer, sacado de un manuscrito de la Aganipe de don Andrés, en este pasaje:
Y cuando don Enrique de Villena
con don Fernando vino
a la insigne Barcino
el Apolíneo gremio
de su fecunda y elegante vena
ilustró con aplausos y con premio;
donde el Rey presidía
en trono para honor de la poesía .
¿Y acaso no seguiría sus huellas aquel sabio hijo suyo, Alfonso V, gran Mecenas de los literatos, a quien tanto debió la literatura de Aragón y de Italia? Y de que las seguiría también Juan II , rey de Aragón y Navarra, ¿no será una prueba su grande afición a Virgilio, a la cual debemos la traducción de la Eneida, que a ruego suyo emprendió el citado don Enrique, su tío? Por fin, menos pudo faltar protección a la musa catalana en la cultísima corte de Fernando II de Aragón, V de España, de cuya época datan las letras y las artes españolas su renacimiento. Así es como la musa llamada provenzal, muda ya y casi muerta en todas partes, pero cortejada todavía por los poetas y protegida por los soberanos aragoneses, se mantuvo en vida y esplendor hasta que unidas las dos coronas, se adormeció dulcemente en brazos de la musa castellana.
No cerraré esta carta sin decir algo de la parte que pudo caber a Mallorca en la gloria de la poesía soi disant provenzal, ya que de la que cupo a Valencia han hablado otros más a la larga. Entró en Mallorca favorecida del gran don Jaime, su conquistador, que hijo y nieto de los soberanos distinguidos por su talento poético y por su amor a las buenas letras, tanto las cultivó en su juventud, que pudo un día, como César, ser cronista de sus altos hechos . Amó la poesía, la honró y distinguió, pues ya hemos advertido cómo trajo siempre a su lado al canónigo trovador Pedro Cardenal, y también al dulce Jaime Febrer, tan conocido por sus trovas, a quien sacara de pila y diera su nombre , y a quien protegió siempre con amor de padrino y generosidad de soberano.
Nos consta además que entre los ilustres caballeros que le acompañaron en la conquista, venía el célebre poeta Hugo de Matallana , que murió gloriosamente al lado del valeroso don Ramón de Moncada y de otros profesores de su mesnada y familia, en el encuentro de la Porrasa.
Don Jaime II de Mallorca, su hijo, heredero de esta noble afición, fue también grande amador de la poesía. De él sabemos que se complacía en proponer algunas dudas difíciles a los poetas para que las discutiesen en sus centones; y yo conservo copia de una cuestión teológica que propuso en Pavía  al célebre Raimundo Lull, y que éste resolvió en doscientos versos. Ni es de dudar que esta noble afición adornase a su hijo don Sancho, y más aún a su cultísimo y desgraciado nieto don Jaime III, último rey de Mallorca, cuando este príncipe en sus discretísimas leyes palatinas no se desdeñó de destinar un título para los mimos y juglares de su palacio.
Pero el solo nombre de Lull vale por cuantos testimonios se pudieran alegar en favor de Mallorca. En la esfera inmensa de sus escritos se descubre un amor decidido y un felicísimo talento para la poesía. Han perecido a la verdad los innumerables versos de amor y galanterías que confiesa haber escrito en su extraviada juventud , y aun yacen olvidados muchos de sus poemas piadosos; pero bastan los que se conocen para prueba de que ningún trovador del siglo XIII le igualó ni en hermosura de dicción ni en pureza de estilo. Lo más digno de notar es que, mientras los demás trovadores envilecían su profesión y numen, copiándose y repitiéndose unos a otros ideas lúbricas y pensamientos frívolos, sólo Lull, levantándose en las alas de la filosofía y de la religión, consagraba su estro, ora a la expresión de las ideas más sutiles y abstractas tal como en su Lógica y Retórica en metro catalán , ora a los pensamientos más sublimes y piadosos, como en su patético poema del Desconort, y en los que escribió sobre los cien nombres de Dios y sobre el orden del mundo . De forma que si usted considera que Lull nació en Mallorca dos años después de la conquista, que recibió en ella su educación, y que pasó su juventud en la corte de sus reyes, no sólo hallará que la musa balear ganó por él un puesto muy distinguido en el Parnaso catalán, sino que a él deben la lengua y la poesía catalana su majestad y esplendor.
Yo no sé si ésta fue la razón que tuvo el docto Mariana para decir que los poetas de la corte de don Juan I componían y trovaban en lenguaje mallorquín ; pero el suyo fue siempre muy exacto y sus frases siempre muy pensadas, para que creamos que asentó aquélla sin alguna buena razón. Lo que no tiene duda es que el ilustre ejemplo de Lull no fue perdido para su patria. Si el descuido ha dejado olvidar en ella, como en otras partes, las producciones de sus trovadores, la frecuente residencia de los reyes de Mallorca en Cataluña y Francia, la gran cabida que tuvieron los mallorquines así en su corte como en la de Aragón, su afición constante a los buenos estudios y el genio que en ellos acreditaron, y que se podría comprobar con muchos y buenos testimonios, no permite que se les excluya de la participación de esta gloria, cuanto menos constándonos el aprecio que siempre hicieron de los escritos de su ilustre paisano, cuyos libros andaban a todas horas en sus manos, y el esplendor con que sus discípulos cultivaban todavía la poesía nacional en el siglo XV y a la entrada del XVI. Díganlo los piadosos poemas del presbítero Francisco Prats, lulista * de la escuela de Randa, y los del erudito don Arnaldo Descos *, catedrático en la de Mallorca ; dígalo el certamen celebrado en la ciudad a honor del mismo Lull en 1502, en que era decidor y llevaba la voz Antonio Masot, y en que fueron mantenedores (sin contar los aventureros) Juan Odón de Menorca, Jorge Alberti y Gaspar Veri, a quien con gran pompa y solemnidad se adjudicó la joya ; díganlo en fin, el cancionero del sabio Jaime Oleza  y otras obras que acreditan cómo la musa catalana, huyendo de todas partes, estaba aún acogida y estimada en Mallorca, donde respira todavía, y donde algunos eruditos caballeros travesean alguna vez graciosamente con ella, etcétera.
Postdata. Aunque la disputa actual supone la identidad de los dialectos mediterráneos, oigo que alguno duda de ella, juzgándolos sin duda por su estado presente, en que tanto han variado, no sólo de país a país, sino dentro de cada uno. Ya en el siglo XVI se quejaban los catalanes de que no entendían bien su antigua lengua, pues que muchas de sus palabras estaban sin uso, y su construcción se había alterado notablemente. Así que, el cotejo, para ser concluyente, debería hacerse sobre documentos antiguos y coetáneos. Sin detenerme pues a buscarlos, porque esta ya es otra cuestión, y no del día, quiero que usted presencie una prueba de identidad que me parece harto decisiva, y es, que el adverbio afirmativo oc, que dio su primer nombre a la lengua de que tratamos, se usaba en Cataluña como en Francia. Los testimonios que lo prueban son muy distinguidos.
El primero es del siglo XIII, y del rey don Jaime el Conquistador, que al capítulo 63 de su Crónica, refiriendo cierta pregunta que hizo a uno de sus caballeros, estando sobre Mallorca, dice: E dixem nos: ¿Et sabets ne als? oc, dix ell. Y dijimos nos: ¿Y sabéis otra cosa?—Sí, dijo él.
El segundo es del sabio Raimundo Lull, y del mismo siglo, pues que en el poema intitulado El Concilio, a la copla 9 dice:
E mant oc est pijor que no.
Y mucho sí, es peor que no.
Y a la copla 48:
Senyors prelats, no es leó
qui non faça tembre u moltó,
e qui diu oc e puy diu no.
Señores prelados, no es león
el que no hace temblar al cordero,
y quien dice sí y después dice no .
El tercero es del siglo XIV, y del rey don Pedro IV de Aragón, que en su Crónica vulgar, refiriendo el primer parlamento que tuvo con los mallorquines cuando vino a conquistarlos en 1343, dice: E apres folos demanat si el rey de Mallorques era en la Illa, e dix hu que oc. Y después fueles preguntado si el rey de Mallorca estaba en la isla, y dijo que sí (vide Mut, lib. V, cap. 10) .
Estos ejemplos pueden servir también para probar que la palabra oc es de origen latino y que, introducida en la media edad la costumbre de expresar la afirmación primero por la palabra hoc est y luego por sólo el pronombre hoc, al cabo se dio a éste la misma significación que al sí, y se le convirtió en adverbio afirmativo.
Y ¿no diremos lo mismo del oui? Paréceme que empezó expresándose la afirmación por la palabra audivi, esto es, yo lo oí, que ésta fue corrompiéndose hasta pronunciar oui, y que así el pretérito latino se convirtió en adverbio afirmativo vulgar . ¡Qué miserias, dirá usted! Pero mal año para quien no se divierta con ellas, etcétera.
Si en los hechos y reflexiones que se han reunido en esta carta no va descaminado su autor, la opinión establecida en ella no dejará de hacer buena figura en nuestra historia literaria.