Censura de los Viajes de don César Sátiro
 
29 de Octubre de 1784



 

Censura de los Viajes de don César Sátiro
[29 de Octubre de 1784]

Ilustrísimo señor:
Hemos leído y examinado con la debida atención el manuscrito que se sirvió la Academia encomendar a nuestra censura, intitulado Viajes de Don César Sátiro, etc. Si hemos de exponer sinceramente nuestro juicio fundado con la crítica y reflexión que pide esta obra, que su propio autor precipitada e inconsideradamente tiene meses hace anunciada y prometida al público por medio de un prospecto impreso , nos parece muy conveniente que la Academia, que debe informar al Consejo, quede extensa y plenamente instruida de la naturaleza y mérito de la obra.
Esta es un manuscrito que consta de 161 hojas en folio. El autor se propone escribir la vida, servicios, agravios y proyectos de un soldado de fortuna, bajo el nombre de don César Sátiro, personaje fingido que siguió la carrera militar desde soldado hasta coronel, con cuya condecoración murió en Sevilla retirado y penitente, dejando en unos legajos escrita por sí mismo la historia de su vida, sus viajes y aventuras, memorias varias y discursos que el autor supone compró en la almoneda del difunto.
El plan del autor es dividir esta obra en tres tomos. El primero, que es el presente, lleva el título de Vida de don César Sátiro, como introducción a sus obras y viajes, y contiene las memorias de su felicidad en la primera época de su historia, divididas en nueve capítulos, que él llama Ocupaciones.
Esta, que podría ser propiamente una novela crítica, política y moral, según declara su autor en el preliminar, ha de abrazar en los siguientes tomos varios puntos de la política de los Estados, de la educación militar, de las costumbres públicas y privadas, y un nuevo sistema de guerra más justo y humano. El título que anuncia para el segundo tomo es: Memorias de don César en la posesión de la Nueva Grecia. Segunda época de su historia; y el que tiene destinado para el tercero es: Memoria * de sus tragedias, tan raras y tristes como dignas y ejemplares.
El autor, queriendo disfrazar y ocultar los títulos de las diferentes partes y épocas de esta historia debajo de un velo alegórico, los ha oscurecido * de tal manera por la ridícula afectación de las frases e impropiedad singular de las voces de que usa, que deja ambiguo y casi siempre ininteligible * el pensamiento que encierran, como cuando dice en los epígrafes de ciertos tratados; Memorias de las principales políticas de la monarquía de Pascan: otro, Arquitecturas dignas de Darim; otro, Fábricas campesinas y extrañas ordenaciones de cultivos, y otra, Escuela civil del público, etc.
Pero, a pesar de esta oscuridad, bien claramente se trasluce casi en todas las páginas de la obra la idea general de que el fingido don César es el mismo autor, esto es, D. Alonso Ximénez, teniente cor[one]l de ing[eniero]s, que ha forjado esta novela  para vomitar su saña contra el siglo presente, contra el estado actual de la milicia, contra los cortesanos, los literatos modernos, los autores extranjeros y principalmente contra sus compañeros en el cuerpo en que sirve, donde acaso no ha logrado los aplausos, aceptación y ascensos que esperaba de su talento, servicios, proyectos y comisiones ; y, en despecho de su mala fortuna y poca protección, quiso formar su panegírico con su apología y la censura de todo método, establecimiento, estilo y proyecto moderno, en que no ha tenido él parte, bajo la forma y nombre de una novela, en que calificándolo todo de vanidad, ignorancia y preocupación, zahiere continuamente a sus contemporáneos con el honesto pretexto de defender los «derechos de la humanidad, de la soberanía de los príncipes, el honor de la nación española y la pureza de la religión»; estas son sus expresiones, que es decir que sus émulos y enemigos de su eminente ingenio son enemigos de los intereses del Rey y del Estado; y que el sistema hoy adoptado en la milicia y en el ministerio para el premio y castigo es injusto e inhumano y opuesto a lo que hizo en otro tiempo respetable a la nación española en valor, virtud y piedad.
El presente tomo, que el autor llama unas veces Cuaderno, otras Libro y otras Tomo, empieza por una Dedicatoria al Sabio, cuyo estilo nos ha parecido fanfarrón, afectadamente enigmático, tejido de voces exóticas, metáforas monstruosas y frases contrarias a la índole y propiedad de nuestra lengua, como lo manifestaremos más abajo y quedan subrayadas en el original.
Sigue después un prólogo con este título ambiguo, oscuro y mal construido: Motivos que dieron las consecuencias para el feliz hallazgo de las obras de don César Sátiro, por don Alfonso Ximénez, cuyo preliminar sirve de prólogo. En esta pieza es donde el autor se regodea hablando eternamente de sí, como el objeto de la mayor importancia para la curiosidad, gusto e interés de los lectores, a quienes mortifica con la pesadez de veintisiete hojas, ocupadas en la relación de su primera carrera y destino de soldado de Guardias españolas y después de escribiente del Real Patronato de Castilla; de su pase a capitán de infantería por beneficio, donde luego cuenta sus viajes, enfermedades, aventuras, tareas, comisiones, agravios, necesidades, partos de su mujer, viruelas de sus hijos y otras cien menudencias caseras y personales, circunstancias sólo tolerables en un memorial para pedir su jubilación o alguna ayuda de costa, pero impropias e indecentes en el  preliminar de una obra seria, cuya impresión se solicita. Añádesele la gracia a esto, que podremos llamar manifiesto o relación de méritos de un pretendiente quejoso, de estar entretejido con los mismos barbarismos, solecismos e impropiedades de su acostumbrado estilo oscuro y afectado; sin embargo de que procura disimular la pesadez e insulsez de estas anécdotas fastidiosas con algún género de gracejo y sainete del gusto vulgar y familiar, de que de tarde en tarde salpica sus cuentos, de lo cual presentaremos algunas muestras más abajo.
En el cuerpo de la obra reina el mismo estilo redundante y afectado: lenguaje extraño, incorrecto y oscuro, que alguna vez no es español, ni francés, ni afrancesado, ni pertenece a ningún género de bien decir ni de mal decir, ni sabe al de este siglo, ni al pasado, ni al de más allá, si ya no es que prepare el del venidero. Este desconcierto es más notable en los pasajes * en que se mete a moralizar y discretear sobre puntos de educación, política o literatura. Cuando no sale de la esfera de su natural y verdadero estilo, que es el familiar y picaresco, es más tolerable su perversa gramática, disfrazada con algunos refranes, frases y pullas de la tunería soldadesca.
Como el autor por su profesión es matemático, se ha venido a formar con la lectura y estudio de los libros de su facultad, un lenguaje extraño e impropio del usual, y más impropio de un escritor que hace mofa del estilo de los modernos. Consiguiente a su nuevo idioma, llama sistema a todo lo que es estado, situación, disposición, etc., de cosas y personas. Llama cálculo a toda reflexión, juicio, concepto y discurso. Llama datos a toda noticia, presupuesto, noción, etc. Usa siempre de la voz respectivo por lo tocante, perteneciente, anexo, propio de… Usa siempre de la palabra combinar, escrita con «n» y «v», en lugar de contemplar, considerar, y así de otras muchísimas.
Por otra parte, la ortografía, en general, es bárbara y monstruosamente estropeada, sin quedarnos el consuelo ni la esperanza de que se puedan corregir tan continuos y capitales defectos, que no son hijos de la rudeza e ignorancia de amanuense ; pues dice el autor que no puede costear escribientes, y que toda la tela la han hilado sus dedos, de los cuales han salido bien pintadas las voces biaxe, que es la primera del título de la obra, y otras innumerables que provocan a risa y compasión del escritor que quiere reformar el mundo. Y ¿qué ciencias ha de reformar, y qué doctrina ha de derramar un hombre que escribe ymboluntario, bulgo, biento, birtud, serbicio, cilencio, combalescencia, sobstener, subcesión, onrra, ablar, allar, ora y otros millares de sobrescritos de su saber y estudios?
Por otra parte, los personajes de esta novela no son muy bien escogidos, ni sus caracteres contrastados ni bien sostenidos. El más sobresaliente es una mujer * con quien se casa don César, la cual canta como un ángel, habla como un ángel y diserta y decide sobre todas las materias con un magisterio a que se rinden sin resistencia no sólo su familia, su marido y sus padres, sino también todas las gentes y hasta el gobernador y jefe principal de la isla en que habitan. Hay también su Sancho Panza en este cuento con el nombre de Pepón; pero tan insípido, tan grosero y tan brutal, que no puede dejar de mover a náusea a los lectores .
Por lo tocante al mérito intrínseco y sustancial * de la obra, volveremos a decir que toda ella no es otra cosa que un parto de la pasión del autor, que con capa de criticar las costumbres, las preocupaciones, la incredulidad y los vicios actuales que él supone en la sociedad, desahoga su enojo y resentimientos particulares contra los que él llama sus émulos, calumniadores y enemigos. Con este motivo, no sólo censura el gobierno y régimen actual de nuestra milicia, sino la administración de justicia, la vida de la corte, la impiedad, como él llama, de los eruditos modernos, la lectura de obras extranjeras, las modas, los espectáculos y la arquitectura civil y militar.
Entre los puntos de más delicadeza, sólo notaremos que: critica a la «Ordenanza moderna, que prescribe el relevo de las guardias a las once del día como contrario a la comodidad del soldado», sin considerar las mayores comodidades que le siguen de este nuevo método .
Critica la «formalidad de haber de hacer constar su noble origen en un regimiento los cadetes y oficiales».
Critica «los hábitos de las Órdenes Militares como prendas del lujo y la vanidad, no distribuyéndose al mérito y virtud, y la mala aplicación de sus encomiendas y pensiones».
Critica la «autoridad de los coroneles y demás jefes en las propuestas de los ascensos y en los informes de sus subalternos».
Critica la «enseñanza de las Academias militares de Matemáticas».
Critica la «poca salida que hoy se experimenta de militares para Corregimientos de Indias».
Critica y «gradúa con el nombre de puntos y comas el régimen y economía interior de los regimientos».
Gradúa de «inhumano y quimérico el ejercicio actual de la tropa como opuesto a los intereses del Rey  y del Estado, llamando a los soldados bailarines y figurantes».
Critica la «ciega subordinación de los subalternos a los jefes, tratando a los coroneles de despóticos».
Después de hacer una larga defensa de la religión, con exclamaciones comunes de un misionero, contra los eruditos o incrédulos, que para él son sinónimos, hace la apología de la nación española, en la cual nada bueno encuentra poco antes; pero aquí la pinta racional, honesta, sabia, fuerte, animosa, prudente, perspicaz, madura, rica y religiosa sobre todas las demás, contra quienes descarga una invectiva. Y para ser consiguiente al plan que se propone de reformar la táctica y la milicia, remata con una apología del Tribunal de la Inquisición, la que llama él con su acostumbrado idioma la Santa Pesquiza en unas partes, y en otras la Oculta Pesquiza.
Por otra parte esta obra, atendido su plan y objeto, pudiera ser provechosa y digna de la luz pública si hubiese salido de las manos de un autor menos jactancioso , pues trata a sus lectores de incapaces de comprenderle, y tiene mucha razón. Además, cuando no diera bastantes pruebas de su indocilidad para rendirse a nuestros avisos, pues en tono entusiástico declara que Dios se quiere servir de él como de débil instrumento para el bien de los hombres, la muestra que vanaglorioso ha presentado al público imprimiendo su Prospecto , es suficiente para no esperar ni convencimiento ni enmienda de un visionario  que se vende o cree como inspirado para la común enseñanza.
Véase con qué pureza y propiedad se explica este universal reformador, que para hacer enigmáticas las alusiones y las comparaciones, las hace fantásticas e indescifrables con su lenguaje oscuro, ambiguo, estropeando la lógica y la gramática. En el preliminar dice: «Deseo que este libro circule desde los primeros pasos de su publicación por las honrosas y dignas atenciones de un tan ilustre talento», sin decir cuyo es este talento. Otra: «Puédese caer en esto sin más fuerza que una razón inocente, dicha por un entendedor sencillo y natural, sin políticas compuestas ni retóricas testificadas». Otra: «Poner en las series de sus viajes los amargos de esta obra para los que no gustan de los suaves y difusos dulces en que se prueba la verdad de la religión». Otra: «Se va a probar la utilidad de las buenas costumbres humanas, establecimientos, subordinadas honestidades y respectivas subcomisiones». Otra: «Turbar la veraz credulidad del vulgo con historietas y juguetes. Este libro es indispensable para recibir sobre sí el decoro de una fábrica nueva». Otra: «El que conoce las estolideces del vulgo adelanta la falsedad de su doctrina a proporción de sus sales y admisión de su idioma». Otra: «Este libro, que empezó a circular desde los primeros pasos de su publicación por las dignas y honrosas atenciones de tan ilustre público». Otra: «Pasé a capitán de infantería por sacrificio de mis fondos en su beneficio».
Si vamos a examinar y a penetrar en el cuerpo de la obra, hallaremos la misma extrañeza e impropiedad de expresiones; por ejemplo: «obra es sin políticas ni retóricas». Otra: «estaba muy veterano en hoír cosas contra mí». Otra: «La clemencia del rey en hacerme coronel»; como si le hubiese librado de un cadalso». Otra: «Puse en venta mis libros y transmigrados en pastillas de México quise comprar, etc.». Otra: «en lo más empinado de mis tristezas». Otra: «es uno de los pueblos más conocidos en el tren de un brillante fixo». Otra: «Libro celebrado de tantos como componen la vanidad y vuen gusto del vulgo». Otra: «con las parbuleces de mis trabesuras». Otra: «para seguir el éxito de mi profesión». Otra: «el afino en la mexor política». Otra: «un juicio imparcial de humanos respetos y pribativas expectaciones». Otra: «qué tranquilidad de espíritu adorna a mis sentidos». Otra: «fruto propio de aquel Árbol virtuoso y ejemplar». Otra: «empecé a hojear en mis juicios tales novelas sin otro volumen que me fuese dictador que mi cabeza». Otra: «la infelis época que no fomenta al que promete siendo dolorosa a la posteridad la pérdida de lo que no goza; cuya vajeza del descuido solo tiene en lo subcesivo las aoras de todo lo dinigrativo». Otra: «mis dolencias volvían a oprimir toda vuena ordenación a la salud (esto no se entiende)». Otra: «comprendo que este pesar y todas mis tragedias serán de la mayor nota para el completo gusto de los substentantes de él» (tampoco se entiende). Otra: «este sistema con el de tener 7 hijos me hizo entrar  en una profunda melancolía» (el tener hijos no es sistema). Otra: «mi caudal enbutido en los senos de la nada». Otra: «No puedo esplicar el nuevo resorte que sintió mi ánimo con el hallazgo de». Otras: «abenturas emanadas de sus solitarios paseos». Otra: «no dexaría de haver tales oficios en las grandes ciudades con obenciones respectivas de sus peculiares exercicios». Otra: «algunos entes populares y malos patriotas». Otra: imitando yo como planta viva del mundo el continuo de la labor; no soy cuerpo defectuoso, muerto y corrompido entre los animados y vegetales * desenredando mi conducta el hilo del tiempo en marañado de la madera de mi mala suerte». Otra: «enbuelta esta pobre criatura con los silencios de tantos niños diferentes».
Y a este tenor podríamos componer un grueso volumen de semejantes expresiones de que está plagada la obra. Pero para qué cansarnos, cuando el prospecto impreso que presentamos ofrece otras tantas para la instrucción y diversión de V.S. En este concepto de ser esta obra desatinadamente concebida y compuesta, y de que el autor, por los públicos testimonios que ha dado de su saber parece poco a propósito  para mejorar esta producción de su ingenio -mucho menos de refundirla, que es el único remedio que hallamos-, somos de parecer que no merece se le conceda al autor la licencia que solicita para su publicación. Salvo el acertado dictamen y resolución que se sirva tomar V.S.
Madrid, 29 de octubre de 1784 *.
Antonio de Capmany *.