Asturias Región agropolitana
Medidas: 17 x 24 cm

Páginas: 240

Fecha de publicación: Oviedo, 2008
Asturias, región agropolitana: las relaciones campo-ciudad en la sociedad posindustrial

Jaime Izquierdo Vallina

¿Tiene futuro el campo asturiano? ¿Podemos aprovechar la disposición geográfica, la ubicación en medio del campo y el tamaño de nuestras ciudades como una ventaja comparativa? ¿Es posible frenar la difusión de la ciudad?

¿Tienen las aldeas y los espacios comunales un futuro distinto al abandono? ¿Es la intensificación y el monocultivo agrario y forestal la única opción en la marina? ¿Podemos cultivar desde las ciudades? Y, más aún, ¿hay alguna alternativa social, económica y ecológicamente viable al declive de la economía campesina?


A estas y a otras preguntas similares trata de dar respuesta este ensayo que reivindica el papel de la actividad agraria en el desarrollo regional y advierte de la urgente necesidad de actualización y respeto que merecen los conocimientos agroecológicos de los antepasados campesinos con los que se construyó el «paraíso natural» que nos han dejado en herencia.
Nuestras ciudades y villas de cabecera, y nuestras características biogeográficas, nos ofrecen las condiciones de partida para orientar el desarrollo regional desde una viable y original perspectiva agropolitana. Una perspectiva, una nueva mirada, que pretende la superación de la irrespetuosa supremacía urbana sobre el campo y de los principios de gestión espacial metropolitanos, aspirando, por el contrario, al fomento de la agricultura urbana, a la integración ambiental y territorial de la agricultura intensiva e industrial y a la rehabilitación funcional de los conocimientos agroecológicos esenciales para manejar los paisajes de los denominados «espacios naturales».





Fernando G. Collantes
 
Reseña de Asturias, región agropolitana

Reseña de Fernando G Collantes, de la Universidad de Zaragoza sobre <i>Asturias, región agropolitana</i>. Publicada  en el número 8 (año 2009) de <i>AGER Revista de Estudios sobre Despoblación y Desarrollo Rural</i>.

 

Jaime Izquierdo ha escrito, en sus propias palabras, “un ensayo a favor de la rehabilitación de la agricultura como actividad económica y ecológica fundamental en la gestión de las regiones”. Su argumentación se desarrolla a partir del caso concreto de Asturias, pero está claramente planteada de manera más general. Izquierdo sostiene que: (1) la agricultura campesina tiene futuro; (2) buena parte de dicho futuro pasa por la ciudad (a través de la agricultura urbana, la formación de agricultores a tiempo parcial, la diferenciación del consumo urbano); (3) las explotaciones intensivas deben ser integradas desde el punto de vista ambiental; y (4) la gestión del medio natural y el paisaje requiere la continuidad de las explotaciones campesinas.

El libro, escrito con estilo ágil y directo, reivindica una redefinición postmoderna de la agricultura y de su lugar en la sociedad asturiana. Izquierdo dedica los cuatro primeros capítulos a trazar las coordenadas generales de su argumentación. Habla así de conservación cultural del campo (en oposición a la conservación puramente ambiental dirigida por burócratas) y subraya el papel de la agricultura territorial y sus múltiples funciones (productiva, social y ambiental). Izquierdo argumenta que Asturias arrastra una identidad rural que no debe ser abandonada, sino reformulada en clave agropolitana. La propuesta no consiste en recuperar una foto fija idealizada del pasado, sino en sentar las bases de un nuevo contrato social entre campo y ciudad. En el centro de este nuevo contrato se encontraría la rehabilitación actualizada y sostenible de los principios orgánicos, multifuncionales y agroecológicos que vinculaban las distintas superficies de la explotación campesina tradicional.

Los cuatro últimos capítulos del libro descienden definitivamente al caso asturiano para ofrecer una propuesta precisa. Izquierdo define tres tipos de espacios rurales en Asturias: el medio rural urbano (los agricultores urbanos), el medio rural intensificado (explotaciones que utilizan una alta proporción de inputs industriales y buscan aprovechar economías de escala) y el medio rural campesino (espacios, generalmente montañosos, caracterizados por una agricultura menos tecnificada y una tendencia a la desarticulación de los sistemas tradicionales de agricultura campesina. Izquierdo propone el impulso de la agricultura urbana, la reconversión de la agricultura intensiva con objeto de favorecer valores ambientales y las producciones locales de calidad diferenciada, y el apoyo a los sistemas campesinos tradicionales como instrumento de conservación cultural del paisaje rural (a través de corporaciones comunales de economía social campesina).

En mi opinión, el libro es un éxito, sobre todo por los varios peligros que logra sortear a lo largo de su recorrido. El libro podría haber terminado siendo una reivindicación encubierta del productivismo agrario y las políticas de modernización estructural de las explotaciones agrarias. Podría haberse sumado a la amplísima corriente que se escuda en el concepto de multifuncionalidad para reivindicar que más o menos los mismos agricultores sigan recibiendo más o menos las mismas subvenciones por continuar realizando más o menos las mismas actividades. La multifuncionalidad es una realidad, pero, como tal, debe ser explorada en contextos concretos. Este ensayo tiene éxito a la hora de mostrar que la multifuncionalidad agraria es distinta en un entorno periurbano que en un espacio de montaña; tan distinta que, de hecho, requiere políticas diferentes. Por ello, el ensayo es una importante contribución a un discurso que con frecuencia carece de rigor analítico.

El otro peligro que evita este libro es adoptar una concepción pasiva y estática de la conservación ambiental. Para Izquierdo, la tradición no es una foto fija, sino un proceso. El objetivo de sus propuestas no es restaurar un mundo campesino estático (cuya existencia, por otro lado, ha sido rechazada por la historia rural), con una supuesta tendencia inherente a la conservación ambiental. Su objetivo es restaurar la viabilidad de un campesinado dinámico que, siempre atento a la explotación de nuevas oportunidades económicas, puede ser dirigido a la función de “ecocultor” generador de externalidades ambientales. Por ello, el libro se distancia notablemente de aquella rama del discurso conservacionista que, al separar “campo” de “naturaleza”, prescinde de (o incluso llega a amenazar a) los agricultores locales.

Me habría gustado que el autor hubiera considerado la posibilidad de que algunas actividades agropecuarias generen externalidades ambientales de signo negativo. En numerosos casos concretos puede hablarse con razón de “ecocultores” y externalidades positivas, pero un desarrollo completo de la argumentación lleva a considerar la posibilidad de externalidades negativas, así como la posibilidad de que ciertos tipos de agricultura generen efectos ambientales de signo mixto. La ganadería del norte de España es uno de los casos más claros que Izquierdo podía tomar si quería hablarnos de campesinos “ecocultores” cuya actividad ha modelado lo que hoy consideramos un paisaje tradicional atractivo. Pero es probable que, fuera de la España húmeda, la presión demográfica y la intensificación de los sistemas tradicionales hayan desembocado con mayor frecuencia en resultados paisajísticos y ambientales menos deseables. Separar el grano de la paja continúa siendo una tarea fundamental para el discurso sobre multifuncionalidad y agricultura territorial.

Estos últimos comentarios, sin embargo, afectan más a las sugerentes implicaciones que este ensayo tiene para el conjunto de España que al contenido del propio ensayo. Izquierdo ha escrito un libro de lectura imprescindible para los responsables de la política rural en Asturias y en España, así como para los investigadores interesados en los dilemas de las políticas rurales en nuestras sociedades post-industriales. Con razón, la ministra Elena Espinosa, en su prólogo al libro, lo sitúa en la órbita del influyente Les champs du futur de Bertrand Hervieu. Esperemos que Asturias, región agropolitana tenga un impacto de similares proporciones.


Fernando Collantes

Universidad de Zaragoza

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