Tomo XIV, documento 1
 
Manifestación de los motivos que tuvo para no cortarse el pelo, cuando tomó posesión de la plaza de alcalde del crimen en Sevilla [Sevilla, 1767-1768]
 

Excelentísimo señor:
Muchos habrá que crean poco digno de la atención de Vuestra Excelencia el asunto que voy a proponerle, pero atendido el fin con que le propongo creo que no desmerecerá alguna consideración de la bondad de Vuestra Excelencia. Por lo mismo le ruego encarecidamente, se digne darme sobre él su acertado dictamen, que estoy pronto a seguir con el mayor gusto.
Cuando me despedí del Excelentísimo señor Conde de Aranda, presidente, para venir a servir la plaza del Crimen de esta Audiencia, me preguntó Su Excelencia si pensaba en conservar el pelo propio, respondí de que no por no separarme en nada de los usos adoptados. Su Excelencia, poco satisfecho de esta razón dio a entender que sería mejor que no usase la peluca, y aunque le expuse que esta novedad sería murmurada, tanto más cuanto mi edad me autorizaba menos para ello, tuvo Su Excelencia la bondad de decirme que no creía que por este accidente podría desmerecer un ministro, y que los magistrados se conciliaban la estimación y el respeto públio por motivos más sólidos. El señor Campomanes, y el señor Herranz que me acompañaba, estaban presentes y apoyaron entonces el dictamen de Su Excelencia.
Vine yo a Sevilla y le seguí puntualmente. La novedad dio motivo a algunas conversaciones y es excusado además que en ellas hubo quien la reprobase y quien la aplaudiese. Pero la costumbre reunió todos los dictámenes a favor de ella, de forma que, habiendo seguido este ejemplo los demás ministros que vinieron a este tribunal, no fueron ya objeto de esta extrañeza ni menos se su murmuracion para los compañeros, ni para el público.
Y en efecto señor, hace muy pocos años que los primeros tribunales de la corte estaban llenos de pelos propios, sin que el uso de un adorno natural degradase entonces aquellos magistrados. Las pelucas introducidas al principio por la necesidad pasaron sin ella a todos, y fueron un objeto de la moda y del lujo reprendido por nuestros economistas.
Don Jerónimo Urtáriz se queja de que en su tiempo salían anualmentepara pelucas, y entonces aun no habían adoptado su uso todos los magistrados. Siguieron después la moda sólo porque lo era, y yo no sé porqué ha de ser hoy un defecto restituir el adorno de él a su estado natural y primitivo.
Bien sé que este adorno parecerá nuevo en un magistrado, y que habrá quien le crea notable sólo porque es nuevo. Si yo mi consejo le introdujese en la corte, sería acaso un objeto de censura; por eso busco la aprobación de mis jefes. También conozco que ella no podrá librarme de alguna censura, pues cuando yo sepa y pueda decir que estoy autorizado por Vuestra Excelencia, la sufriré con gusto, a trueque de causar algún alivio a la clase más laboriosa de hombres que hay en la nación que acaso esperan solamente un ejemplo para sacudir un adorno perjudicial, no sólo a su comodidad, sino también a su salud.