Tomo XIII, documento 9
 
Plan para arreglar los estudios de las universidades. (Fragmento de la Exposición a Carlos IV) [1798]
 

Llamado al ministerio en una época de tanto apuro y cuidado, y estimulado por mi honor, por mi celo y por el amor que profeso a la augusta persona de V. M. y a sus altas virtudes deseo poner en acción mi ardiente anhelo del bien de la nación, en cuanto tenga relación con el departamento que V. M. se dignó confiarme, y que entretanto que los demás ministros, que están a los pies de V. M., promueven los planes de política o de defensa que deben asegurar este bien, pueda yo, a lo menos, evitar para lo sucesivo los graves males que nos amenazan.
Tal es, Señor, el carácter de mi ministerio, que, incapaz de hacer algún bien, ni de evitar ningún mal general momentáneamente, puede por medio de operaciones lentas, pero seguras, preparar a la nación su mayor prosperidad y alejar para siempre de ella los principios de atraso, decadencia y ruina, que amenazan a toda sociedad política, cuando entregada del todo a los objetos presentes no extiende su actividad y sus miras a lo por venir.
Tendiendo, pues, la vista por todos los objetos que me están confiados, uno ha arrebatado mi primera atención; uno que por su influencia general es más digno de la atención de V. M., y pide más pronto remedio. Hablo de la instrucción pública, cuyos progresos hacen prosperar y cuyos atrasos abaten y arruinan las naciones. Ya no es un problema, es una verdad generalmente reconocida que esta instrucción es la medida común de la prosperidad de las naciones, y que así son ellas de poderosas o débiles, felices o desgraciadas, según que son ilustradas o ignorantes.
Mas cuando hablo de instrucción pública, entiendo yo, no lo que generalmente puede este nombre, sino aquella especie de instrucción buena y provechosa, que, por decirlo así, tiene en su  mano las llaves de la prosperidad. En el imperio de las ciencias hay más opiniones que verdades, y tal es la extravagancia del hombre, que aun en el número de las verdades que ha descubierto, no siempre adopta aquellas que pueden serle más útiles, o como hombre o como ciudadano. Hablo, pues, de aquella instrucción que busca y alcanza los conocimientos útiles y sabe aplicarlos mejor al adelantamiento de las naciones.
¿Y cómo es que nosotros carecemos de esta especie de instrucción? ¿Hay por ventura otra nación que nos gane en el número de establecimientos literarios? Ninguna tiene más cátedras de primeras letras y latinidad; ninguna tantas de filosofía, medicina, teología y jurisprudencia; ninguna tantas universidades, colegios, seminarios y casas de enseñanza; ninguna, en fin, tantos establecimientos, tantas fundaciones, tantos recursos, dirigidos al grande objeto de la instrucción pública. La causa, pues, de nuestra ignorancia no puede estar en el descuido de este objeto, sino en los medios de dirigirle.
Hubo un tiempo en que España, saliendo de los siglos obscuros, se dio con ansia a las letras. Convencida al principio de que todos los conocimientos humanos estaban depositados en las obras de los antiguos, trató de conocerlas; conocidas, trató de publicarlas e ilustrarlas; y publicadas, se dejó arrastrar con preferencia de aquellas en que más brillaba el ingenio y lisonjeaban más el gusto y la imaginación. No se procuró buscar en estas obras la verdad, sino la elegancia, y mientras descuidaba los conocimientos útiles, se fue con ansia tras las chispas del ingenio que brillaban en ellas. España, por consecuencia, se hizo humanista, y mientras hacía progresos en la gramática, poesía, elocuencia, historia, apenas admitía en el círculo de sus estudios aquellas que habían de labrar un día su prosperidad y gloria.
Vino después otra época en que los riesgos de la religión arrebataron toda su atención hacia su estudio. Vino el tiempo de las herejías y las sectas, tanto más ominosas a los Estados, cuanto entrándose a discurrir sobre los derechos de los príncipes y los pueblos parecían atacar la autoridad pública y presentar la horrible imagen de la anarquía y el desorden. Desde entonces, las ciencias eclesiásticas merecieron todo su cuidado; y de cuantos progresos hicieron en ellas, pueden ser ejemplo el Concilio de Trento y las insignes obras que nos dejaron.
En esta época nacieron nuestras universidades, formadas para el mismo objeto y sobre el mismo gusto. Ellas fueron desde el principio unos cuerpos eclesiásticos; como tales, se fundaron con autoridad pontificia. Tuvieron la preferencia en las asignaturas de sus cátedras a teología y el derecho canónico. La filosofía se cultivó solamente como un preliminar para entrar a estas ciencias; y aun la medicina y la jurisprudencia hubieran sido descuidadas, si el amor del hombre a la vida y a los bienes pudiese olvidar el aprecio de sus defensores.
No hablaré aquí de los vicios de esta misma enseñanza, que de una parte eran derivados del estado general de la literatura de Europa, y de otra inherentes a la constitución misma de estos cuerpos. En la renovación de los estudios, el mundo literario fue peripatético, y el método escolástico, su hijo mal nacido, fijó en todo él la enseñanza. Más o menos tarde fueron las naciones sacudiendo este yugo; y si la nuestra le siente todavía, no es porque no esté ya dispuesta a entrar en el buen sendero.
Pero sí hablaré de aquel funesto error, que ha sido origen de tantos males: del menosprecio o del olvido que en este plan de enseñanza fueron tratadas las ciencias útiles. Los dos más grandes ramos de la filosofía especulativa y práctica, las ciencias exactas y las naturales, fueron de todo punto descuidadas y olvidadas en él. Si en alguna universidad se estableció la enseñanza de las matemáticas, la predilección de otros estudios y el predominio del escolasticismo las hizo luego caer en desprecio; y si fue cultivada la física, lo fue solo especulativamente y para perpetuar unos principios que la experiencia debía calificar de vanos y ridículos. En suma, la matemática de nuestras universidades solo sirvió para hacer almanaques, y su física, para reducir a nada la materia prima … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … …