Del tomo XIII, documento 10
 
Apuntamientos para el Plan de Estudios (o Discurso al Rey) [¿1798?]
 


Señor:
Más de una vez he oído con el mayor placer en boca de V. M. aquella verdad importantísima que debiera estar impresa en el corazón de todos los Monarcas, a saber: que la Educación, por su grande influencia en las virtudes y en los vicios del hombre, es la primera y más general causa de los bienes y de los males de las Naciones. Por lo mismo, no debo dudar que V. M. reconoce como una de sus primeras obligaciones el mejorarla en sus dominios, así como yo reconozco que la de elevar a su suprema atención los medios de conseguirlo es la primera y más fuerte obligación de mi ministerio.
Desempeñándola ahora con V. M., le propondré cuanto juzgo conveniente acerca de este grande objeto; y si, de una parte, las imperiosas circunstancias del día exigen de V. M. que vuelva a este punto toda su atención, por otra, la espero del celo ardiente y generoso con que V. M. desea y promueve el bien de sus vasallos.
Sí, Señor: no hay bien que no pueda alcanzarse, no hay mal que no se pueda evitar y destruir por medio de la instrucción, que es el efecto y el fin de la educación; ella es por quien las Naciones prosperan, y sólo por su falta decaen y se arruinan. Con ella, la Agricultura, la Industria, el Comercio, la Navegación, todas las fuentes del poder y la riqueza pública y privada, se perfeccionan, mientras que, sin ella, todas se desalientan, y atrasan, y decaen. Por ella, se propagan los buenos principios, así en el orden moral, como en el civil; se mejoran las costumbres, se difunden las virtudes sociales y se destierran aquellos groseros y funestos vicios que son efecto necesario de la ignorancia y origen cierto y inevitable de la decadencia y ruina de los pueblos.
Cuando yo represento a V. M. la Instrucción pública, como fuente de tantos bienes, hablo de la instrucción sólida y buena, no de aquella liviana y depravada que es causa de tantos excesos y desórdenes, y que, corrompiendo todos los principios de la moral pública y privada, produce, tarde o temprano, la ruina de los Imperios. Semejante instrucción puede tal vez producir alguna ventaja o alguna gloria, pero, a la larga, producirá la confusión y la desolación de los que la profesan y la abrazan.
De aquí es: Primero: que los Soberanos son estrechamente obligados a propagar toda buena instrucción. Segundo: que esta bondad de la Instrucción pública se debe calificar por sus objetos; estos objetos, o fines, se pueden reducir a dos: el bien físico y el bien moral de los individuos y los Estados. El primero comprende todos aquellos conocimientos que, adelantando las artes y profesiones útiles, producen la riqueza de los individuos y el poder de las sociedades; el segundo: aquellos principios de moral pública y privada que hacen al hombre virtuoso y a las sociedades, justas. De estas dos clases de conocimientos pende toda la fuerza, todo el esplendor, toda la verdadera y sólida prosperidad de los Imperios. Así que toda instrucción que se encamine a estos fines es buena; la que se aleja de ellos, dañosa o, por lo menos, vana e inútil. Lo demás es humo y oquedad.
Sobre estos sencillos principios, se apoyará el Plan de educación pública, que yo propondré a V. M. para que sus súbditos alcancen cuanto han menester, para ser, de una parte, ricos y poderosos, y de otra, religiosos y justos.
Según esos objetos, dividiré las ciencias en dos principales ramos: Primero: las que buscan directamente aquellas verdades que perfeccionan las facultades físicas del hombre. Segundo: las que perfeccionan sus facultades morales. Y como haya una porción de conocimientos preliminares que sean necesarios para alcanzarlas, formaré de ellos una clase preliminar, la cual dividiré en otras dos clases con respecto a sus objetos. A la primera, pertenecerá cuanto dice relación al uso de nuestra razón, en la indagación de las verdades morales, y a la segunda, a la de las verdades naturales. La primera abraza la filosofía especulativa o racional; la segunda, la práctica o natural.
Todo estudio debe empezar por el conocimiento científico de nuestra lengua, esto es, de la Gramática Castellana. Las lenguas no son otra cosa que unos instrumentos para enunciar nuestras ideas; es, pues, necesario conocer este instrumento y su recto uso, antes de aplicarle a la indagación de las verdades útiles. Este estudio se extiende al de la Retórica y la Poética, cuyos principios tienen por fin el uso de nuestra lengua, esto es, el instrumento de la comunicación de nuestras ideas, con más exactitud y más gracia.
(Borrador aparte.)
Procuraré después desempeñarla, y lo haré con tanto más gusto y constancia, cuanto de una parte veo que en este es el objeto que puede dar más gloria a V. M. y más provecho a sus pueblos; y de otra, él ha sido a quien yo he consagrado mi estudio y mis desvelos en todo el discurso de mi vida.
Ante todas cosas, deseo que V. M. se persuada de que ninguna reforma es tan necesaria y tan importante como la de la Educación. Bajo este nombre, se comprende cuanto dice relación a la Instrucción pública, y esta instrucción es la primera fuente de la prosperidad de las Naciones. De ella se deriva su riqueza: ella abre las fuentes de la riqueza pública, perfecciona la Agricultura, extiende y anima la Industria, da actividad y vigor a la Navegación y al Comercio, y aumentando la riqueza y el poder de las Naciones, labra y asegura su prosperidad.
Y si no, dígnese V. M. de volver por un instante los ojos hacia las que llaman fuentes de la riqueza y del poder de una Nación, y hallará cuanta relación…
(Interrumpido).