Antropología de Asturias
ISBN: 978-84-8367-143-6
Medidas: 17 x 24 cm
Páginas: 496
Publicación: Oviedo, 2008
Antropología de Asturias. I: La cultura tradicional, patrimonio de futuro

Adolfo García Martínez

Uno de los objetivos fundamentales de este estudio es dar una visión de conjunto de la cultura tradicional asturiana, tratando de diseñar un modelo y un método que sean capaces de articular los diversos campos de la misma y destacar aquellos aspectos de mayor importancia que caracterizan las diferentes zonas de la región. No obstante, el lector no puede pretender que se agoten los temas en este proyecto. Unos son tratados con más profundidad, otros de manera superficial, otros tan sólo se mencionan y algunos ni tan siquiera se citan. La cultura tradicional o patrimonio etnográfico es, para la mayoría de los antropólogos, el esqueleto sobre el que se sustenta la identidad de un pueblo. En este caso se analizan las relaciones sobre las que se construye la identidad cultural de las comunidades rurales asturianas desde la casa, el barrio, el pueblo, la parroquia, el valle, el concejo y la "sociedad otra". El método utilizado es el etnográfico-antropológico, aunque por las razones que se exponen, en algunos temas el trabajo bascula más hacia la antropología, mientras que en otros lo hace hacia la etnografía. Esta doble perspectiva ayudaría a comprender, por una parte, las diversas referencias a estudios relativos a otras regiones del norte de España y del área mediterránea; por otra parte, podría entenderse la mayor o menor profusión de trabajo de campo realizado por el autor en las diversas zonas de Asturias. El hilo conductor de este estudio es la casa, átomo del poblamiento. La sociedad y la cultura tradicional asturianas descansan, sobreviven y se transmiten a través de esta multifacética institución. Se ha hecho más hincapié en las relaciones que en el estudio minucioso de los elementos, pues son aquellas las que confieren identidad a una cultura, y las que permiten una mejor comprensión de la misma.


Adolfo García Martínez. 18 de diciembre 2008
 
Presentación de Antropología de Asturias

I. LA CULTURA TRADICIONAL, PATRIMONIO DE FUTURO


 

El futuro es producto del pasado. Si pretendemos comprender hacia donde va nuestra sociedad es necesario saber de dónde venimos. Esta Antropología pretende conocer la sociedad y la forma de vida en los años 60, cuando comienza el declive de la sociedad tradicional, que había imperado en nuestra región desde siglos atrás.
Este estudio se aborda como un primer paso que proporcione un punto de partida para comprender tanto el proceso de descomposición de la sociedad tradicional como las actuaciones que sobre el patrimonio cultural se están haciendo en la actualidad y se hagan en el futuro. Esta primera parte elabora una imagen parada, mientras que en la segunda parte (prevista para el año próximo) esa imagen adquirirá movimiento para estudiar el proceso de cambio y cómo proyectar hacia el futuro nuestra tradición.
Empezaré por hacer algunos comentarios aclaratorios del título: Antropología de Asturias. I La cultura tradicional, patrimonio de futuro. Se compone de tres parejas de términos, con dimensiones e implicaciones diversas, aunque interrelacionadas entre sí.

Antropología de Asturias
La primera pareja, antropología de Asturias, es sin duda la más problemática y la más atrevida. Constituye el marco general de las dos partes de la obra. Con este título se pretende, ante todo, sistematizar los diferentes campos de la forma de vida de las comunidades rurales asturianas, tratando de contextualizarlos desde una perspectiva que los contemple como un todo dotado de sentido. Este planteamiento es necesario y urgente (este libro tenía que haber sido escrito hace medio siglo), y las dificultades para lograr el objetivo a un nivel aceptable son numerosas.
La primera dificultad radica en que para hacer antropología cultural de una comunidad con un cierto rigor hay que disponer de un buen soporte etnográfico, de un buen conocimiento de los usos y costumbres de pequeñas comunidades y del sentido que esos usos y costumbres tienen en la vida de la comunidad. En el caso de Asturias disponemos de escasas monografías etnográficas, y más escasos son aún los trabajos con una perspectiva antropológica.
La segunda dificultad para elaborar este trabajo proviene de que la etnografía trabaja en espacios o comunidades pequeñas y en tiempos presentes y cortos, pues su principal fuente de datos es el trabajo de campo, el conocimiento proveniente de la convivencia en la comunidad (e incluso de la inserción temporal como un miembro más de ella). Como la primera parte de la obra, la tratada en este volumen, se refiere a la cultura tradicional, estamos obligados a retroceder medio siglo, lo que conlleva varios problemas: escasez de informantes, transformación brusca de las comunidades campesinas, la amplitud geográfica, etcétera.
Existe otro problema no menos complejo: la propia naturaleza de Asturias. Desde una perspectiva de estudio antropológico, Asturias es una región sumamente heterogénea, con cambios constantes de costumbres, formas de organización de la convivencia, medios de subsistencia, etcétera. Esto hace que se note la falta de muchos más trabajos etnográficos que permitan construir unos conceptos o categorías antropológicos capaces de articular esa diversidad en un sistema inteligible y funcional.
No entramos en el debate de si existe una cultura propiamente asturiana o no. Mi opinión es que no, puesto que Asturias, desde afuera y desde la geografía o la política, puede mostrarse como una realidad unitaria y bien delimitada, pero vista desde dentro es un “constructo” hecho sobre la base de múltiples identidades menores.  
Conocedores de estas dificultades, este libro pretende, no obstante, diseñar un modelo para contextualizar los diferentes aspectos de la forma de vida de las comunidades rurales asturianas.

Cultura tradicional
La segunda pareja de términos, cultura tradicional, se refiere concretamente al contenido de la primera parte, la que ahora se publica. Pensamos que es necesario aclarar al lector qué entendemos por cultura.
Cultura es uno de los conceptos fundamentales de la etnografía y de la antropología. Cultura es un concepto que articula los diferentes campos o expresiones de la forma de vida de una comunidad humana. Este concepto antropológico de cultura hace posible  interpretar los fenómenos culturales como originados y explicables por causas diversas. Además, la cultura es una realidad conformada por los diferentes aspectos de la vida de esa comunidad. El concepto de cultura  permite organizar la multiplicidad de observables en un sistema y, al mismo tiempo, facilita la obtención de datos. Téngase en cuenta que la recolección de hechos como tal, es un procedimiento científico insuficiente. Más aún, los hechos adquieren sentido cuando están relacionados entre sí y con el resto del sistema cultural; un conjunto de hechos aislados que no se integren en un todo que les otorgue sentido no pasa de ser un montón de datos.
Esta cultura como sistema es tridimensional, como la vida misma del hombre. En efecto, la cultura está íntimamente relacionada con los hechos biológicos y con el entorno natural del individuo. El hombre, situado en el medio natural, necesita satisfacer sus necesidades, y para lograrlo tiene que crear un ambiente secundario: la cultura.
Lo ilustraré con un ejemplo. Un individuo tiene que alimentarse (necesidad primaria), y por eso cultiva la tierra, cría ganado, recolecta o caza, etcétera (relaciones hombre/medio), surgiendo así una cultura material. Para hacer todas estas cosas se ve en la obligación de entablar relaciones con otros individuos (necesidad derivada), sobre todo parientes o vecinos (relaciones hombre/hombre), dando origen así a la cultura social. Para garantizar el éxito de sus labores recurre a mitos, ritos, creencias (necesidad integradora), con lo que emerge la cultura mental o espiritual (relaciones hombre/noúmeno).
Este triple aspecto de la cultura (material, social y mental) es uno de los principales asuntos de que se ocupa el libro que ahora ve la luz. Como se desprende de estos comentarios, la cultura es una realidad tridimensional, lo que nos obliga y nos permite interpretar los fenómenos culturales, del tipo que sean, desde esa triple perspectiva de tal manera que un arado, una canoa, una división de roles en base al sexo y a la edad o un rito agrícola son cultura y, además, se confieren sentido unos a otros, de modo que no se pueden comprender correctamente por separado.
Con el término “tradicional” pretendemos señalar dos cosas. La primera es que cultura tradicional se refiere a la forma de vida de las comunidades rurales asturianas hasta los años 60/70 del pasado siglo, aproximadamente. A partir de esas fechas, esta cultura entra en un vertiginoso proceso de cambio, incluso desaparición en muchos casos. El ritmo y la profundidad del cambio no es el mismo en todas las zonas de Asturias, ni tampoco en los diferentes campos de la cultura, como se verá en el volumen siguiente. La segunda es que hemos tratado, para efectos de análisis, de estudiar esta cultura con la imagen parada, como si fuera posible detenerla en un instante y captarla tal como es en ese momento.

Patrimonio de futuro
La forma de vida o cultura de las comunidades rurales de Asturias se convirtió, desde hace poco más de dos décadas, por los cambios tan drásticos sufridos, en patrimonio; en algo que está ahí, que muchos recuerdan para qué servía, cómo se utilizaba o explotaba, pero cuyo valor actual es poco más que sentimental; es decir, aquellos elementos culturales que hasta hace poco eran esenciales para la vida del a comunidad se han convertido en algo más museístico que funcional.
Patrimonio de futuro abre el camino a la segunda parte de la obra.    Puede decirse que el campesino tradicional ha desaparecido, aunque esta afirmación exige muchas matizaciones; pero esta obra parte de la convicción de que su legado tiene mucho que aportar a la sociedad de hoy.
La “cultura material” (relaciones hombre/medio) puede orientarnos en lo referente a la organización del espacio rural y la defensa de la biodiversidad, en el uso de los recursos naturales, en el control y aprovechamiento de los residuos, etcétera.
La “cultura social” (relaciones hombre/hombre) contiene pautas y modos, necesarios en toda sociedad, relativos a las relaciones entre distintas generaciones, con el resto de la comunidad y con otras comunidades. La esencia de la vecindad era la reciprocidad equilibrada, que se podría sintetizar por el  “nada de lo que se da se pierde si el que lo recibe lo entiende” y este principio de reciprocidad debe seguir fundamentando cualquier convivencia.
La “cultura mental o espiritual” (relaciones hombre/noúmeno) puede servirnos de orientación para entender y dar sentido a la vida del hombre y para superar la perspectiva unidimensional de la sociedad posmoderna, el tema de la muerte, etcétera.

¿Por qué estudiar la cultura tradicional?
1. Quiero dejar claro que el antropólogo no es un nostálgico que se opone al progreso. El antropólogo trata de que este se fundamente en un diálogo entre tradición y modernidad que sea capaz de desarrollar las potencialidades válidas existentes en la cultura que se pretende cambiar.
2. La cultura tradicional constituye el núcleo de la identidad de un pueblo.
3. El estudio de nuestro patrimonio es necesario para guiar las diferentes actuaciones que se hacen con él, y que en ciertos casos se están convirtiendo en un “sarampión”: museos etnográficos y ecomuseos, parques naturales y temáticos, turismo rural, etcétera.
4. Nuestra sociedad tiene hoy grandes problemas sobre la mesa, y el estudio de la cultura tradicional puede ofrecer líneas que orienten una actuación con sentido en múltiples ámbitos: el patrimonio ecológico, el despoblamiento del medio rural, la vejez, etcétera.
El volumen que ahora ve la luz quiere alcanzar un objetivo fundamental: diseñar un modelo o sistema capaz de articular los múltiples componentes, manifestaciones y cambios de la cultura de las comunidades rurales asturianas. Pero, ¿qué fórmula seguir para lograr este objetivo?

La casa
Nuestro hilo de Ariadna va a ser la casa. La casa tradicional asturiana fue el átomo del poblamiento; es una unidad de producción y consumo y de reproducción. Dicho de otro modo. Ha sido el eje de lo económico, de lo social y de lo mental, Fue, durante siglos, una institución generadora, catalizadora y transmisora de cultura.
La casa tradicional era una realidad con múltiples facetas y funciones que trataba de autoabastecerse y ser autosuficiente. Sin embargo, por su fragilidad y sus limitaciones, se veía forzada a entablar relaciones a todos los niveles con las demás casas, unas relaciones regidas por el principio de la reciprocidad equilibrada. Asimismo, de forma obligada y esporádica, la casa también mantenía relaciones con la sociedad exterior.   La casa tradicional se constituye sobre dos “capitales”: el productivo o casería, y el reproductivo o “ethos casal” encarnado en la familia.
La casería o explotación familiar está formada por las construcciones, las técnicas, la fuerza de trabajo, las tierras de labor, los prados y los montes, además de una serie de derechos sobre recursos comunitarios como el agua, el monte, etc. La casería organizaba el espacio rural de tal modo que, sin pretenderlo, favorecía la biodiversidad. Durante siglos, el campesino fue, sin saberlo, un defensor del paisaje. Su trabajo estaba orientado a la preservación de una estructura productiva, y ello requería conservar las bases ecológicas y energéticas de las que dependía. La casería tradicional fue, sin duda, el mejor guardián de la naturaleza. Hoy empezamos a tomar conciencia de que sin campesinos no hay ecología. El techo productivo de la casería era cubrir las necesidades básicas de la familia —trabajar para comer—; puede decirse que todo empezaba y terminaba en la cocina, pues no sólo producía bienes naturales, sino que los almacenaba y procesaba.
Este hecho generó y alimentó un rico patrimonio cultural. En el libro analizamos más detenidamente ciertos aspectos de la casería tradicional: el ciclo del pan, la trashumancia y la castaña y la apicultura son ejemplos de aspectos tratados en los tres grandes planos de la casa: agricultura, ganadería y recolección.
Pero la casa necesitaba, más o menos periódicamente, ciertos servicios que requerían una mayor especialización, y aquí aparecen “los que saben” o “los que tienen el oficio”, es decir los oficiales o artesanos: madreñeros, cunqueiros, herreros, canteros, tejeros, carpinteros, sogueiros o reyeiros, capadores, sastres, comerciantes, etc. Algunos de estos oficios son tratados en el libro.

Reproducción biológica y social
En Asturias, la casería podía transmitirse indivisa a un hijo –el mayorazo o moirazo- o mejorar a uno de ellos y repartir el resto entre los demás. Según que se siguiese una u otra fórmula, las consecuencias eran muy diferentes. El gran número de hijos y el reducido tamaño de las caserías originaba situaciones difíciles de comprender desde afuera. Así, unos se “casaban con la casa” (los herederos, el primer hijo varón, y si no había varones, la primera hija), otros se “casaban con una dote” (las hijas) y otros se “casaban sueltos”, es decir sin nada (los segundogénitos), un hecho que explicaría el elevado número de segundones solteros. Esto provocaba una clara contradicción entre los “ideales culturales” (todos los hijos son iguales) y la “lógica reproductiva”. De cualquier modo, las dos razones principales a las que responde esta injusta lógica reproductiva son la preservación de la casería (repartir una casería pequeña, sería sinónimo de repartir hambre para todos) y el seguro de vejez para los amos.
El capital  reproductivo  o patrimonio  social  y  simbólico  del linaje (valores, costumbres, normas, principios), que daba identidad a los miembros de la familia y aseguraba la estabilidad y la continuidad de la casa, correspondía a la familia.  “Reproducción” aquí implica tres funciones: reproducción biológica, reproducción de la fuerza de trabajo y reproducción social, y las tres las asume la familia, y sobremanera la mujer; por esto, la familia fue durante siglos el soporte y el garante de la sociedad rural.
Si el capital productivo era controlado principalmente por los hombres y tendía a transmitirse por línea patrilineal, el reproductivo lo era por la mujer. La mujer era autora de “dos vidas”: la biológica y la social, ambas indispensables para asegurar la continuidad de la casa.
La familia tradicional era predominantemente troncal; es decir, estaba formada por tres generaciones con una pareja conyugal por generación. La mujer casada de más edad, el ama, asumía la reproducción social, mientras que sobre la esposa más joven recaía la responsabilidad de la reproducción biológica. El ama tenía que dar vida social a los miembros de la familia inculcando el capital social de la casa, de tal modo que “nadie diese nada que decir”. En una palabra, era la responsable de la “vergüenza”. El ama realizaba la compleja y comprometida tarea de enculturar utilizando distintos medios: la palabra, la imitación, la comida, etcétera; esto le confería un estatus elevado en la familia y en la comunidad, pues administraba y distribuía los bienes más valiosos de la casa: los alimentos y la tradición.
La esposa joven –nuera o hija casada en casa- era un eslabón de unión entre las casas y la portadora de hijos, asegurando de este modo la continuidad y el relevo generacional. En síntesis, el papel de la mujer en la sociedad campesina se desarrollaba en los ámbitos de la reproducción biológica, la alimentación y la socialización, originando y realimentando lo que podríamos denominar como “círculo perfecto”: una dando vida social y la otra asegurando el relevo generacional.

La vecindad
Sin embargo, la casa no podía ser totalmente autosuficiente. A lo largo de su existencia y de forma reiterada, año tras año, a lo largo del ciclo anual, la casa entablaba relaciones de cooperación con las demás casas del pueblo, de la parroquia y hasta del valle. Surge así la vecindad.
Por un lado, las casas intercambiaban mujeres a través del matrimonio, de manera simétrica o asimétrica: nacían así alianzas basadas en el parentesco. Por otra parte, las casas intercambiaban fuerza de trabajo –la andecha-, herramientas, productos, compartían bienes de uso (molinos, caleros, lavaderos, abrevaderos, etc.) Asimismo, poseían un código de normas, transmitido sobre todo por vía oral, que fijaba la utilización de bienes comunes (agua, monte, infraestructuras de diverso signo, la organización de las erías, las derrotas, el mantenimiento de las infraestructuras y otros bienes por medio de las estaferias). Finalmente, las casas también comparten una importante reserva simbólica: valores, normas, conocimientos, ritos de paso del ciclo vital y del ciclo anual, mitos y creencias, fiestas, etcétera, todo lo cual constituye un poderoso medio de enculturación. El peso del “qué dirán”, la marginación y hasta el castigo y el ostracismo, constituían las armas de la vecindad para mantener el orden y la estabilidad, y atajar las conductas insolidarias.

La sociedad “otra”
Por último, la casa y la comunidad rural consolidaban y perfilaban su identidad por medio de los escasos contactos que mantenían con la sociedad exterior, aquella que estaba más allá de su frontera cultural y con la que mantenían unas relaciones de oposición. La frontera podía estar geográficamente más o menos lejos. Pero, en cualquier caso, ese mundo exterior era ambivalente: encarnaba el “mal”, el vicio y producía miedo y desconfianza al mismo tiempo que ejercía un cierto atractivo para el campesino. Esta situación reforzaba la solidaridad “hacia dentro” y la insolidaridad hacia la sociedad “otra”, y ello daba estabilidad y alimentaba la propia identidad campesina.

Conclusiones
A lo largo del estudio se ha hecho más hincapié en las relaciones que en el análisis minucioso de los elementos, pues, a nuestro juicio, son aquellas las que estructuran y dan identidad a los elementos y a la cultura como sistema, al tiempo que nos guían en el análisis sistemático y procesual de la misma. Precisamente, en la segunda parte de la obra se va a poner en movimiento la imagen, y será entonces cuando la perspectiva sistémica-procesual proporcione sus mejores frutos.
Es posible que el lector no encuentre en este libro muchos datos nuevos. No obstante, si hemos conseguido esbozar un modelo y un método para contextualizar y así comprender mejor el abigarrado paisaje cultural de nuestra región, desgraciadamente en estado de descomposición, habremos alcanzado con creces nuestro principal objetivo.


Adolfo García Martínez
Oviedo, diciembre 2008