Portada del blog sobre Jovellanos
Obras completas de Jovellanos

Gaspar Melchor de Jovellanos

Iniciadas por José Miguel Caso González y editadas conjuntamente por el Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII (Universidad de Oviedo), el Ayuntamiento de Gijón y KRK Ediciones, las Obras completas de Jovellanos contemplan la aparición de diecisiete tomos, según el siguiente plan: volumen I (Escritos literarios), volúmenes II, III, IV y V (Correspondencia), volúmenes VI, VII y VIII (Diario), volumen IX (Escritos asturianos), volumen X (Escritos económicos), volumen XI (Escritos políticos), volumen XII (Escritos sobre literatura), volúmenes XIII y XIV (Escritos pedagógicos), volumen XV (Escritos histórico artísticos), volumen XVI (Escritos jurídicos y Varia) y volumen XVII (Índices generales de la obra






José Miguel Caso
 
Prólogo a las Obras Completas (1983)
 

Hace más de treinta años que sueño con publicar las Obras completas de don Gaspar Melchor de Jovellanos. Durante ese largo tiempo he ido recogiendo materiales, confrontando manuscritos e impresos, tomando notas de todo tipo. Una parte de esta labor ha quedado reflejada en mis ediciones de las Poesías, del Reglamento para el Colegio de Calatrava, de las Cartas del viaje de Asturias, de las Cartas sobre educación, de diversos escritos inéditos y de otras ediciones, aunque no críticas, sí ofrecidas en textos en realidad definitivos. Otros muchos están prácticamente preparados. Pero lo importante era emprender la gran tarea de ofrecer al público una edición fiable, crítica, legible y definitiva, en cuanto pueda serlo, de toda la polifacética obra de don Gaspar. No pretendo hacer una edición más, aunque mejore las anteriores, sino la edición que la importancia histórica y actual de Jovellanos está exigiendo.
Indudablemente mi propósito no era fácil de realizar. En primer lugar, porque exigía durante cuatro o cinco años una financiación que no estaba lógicamente a mi alcance. Convencido, sin embargo, de que la idea merecía la pena, me dirigí al Ilustre Ayuntamiento de Gijón, el cual, después de concretar la fórmula más idónea, aprobaba el 29 de diciembre de 1982, por unanimidad de todos los concejales, la consignación de casi 31.000.000 de pesetas en cuatro años, para la preparación de las Obras completas. Ya era posible comenzar intensamente, con dedicación exclusiva por mi parte al proyecto, y comprometiendo en la empresa a un equipo experto.
Naturalmente, quiero hacer constar ante todo mi más profundo agradecimiento al Ilustre Ayuntamiento de Gijón. Su gesto puede calificarse de insólito y sin precedentes, porque el valor de su decisión radica en el atrevimiento de lanzarse a la financiación de una obra de esta envergadura, que honrará a Gijón, a Asturias y a España. El Centro de Estudios del Siglo XVIII, al que se encomienda la tarea de la preparación, podría considerarse totalmente satisfecho de haber servido para algo importante en la historia de la cultura española al rematar los doce volúmenes previstos, aunque no volviera a hacer otra cosa.
* * *
¿Por qué es necesaria en estos momentos una edición crítica y definitiva de las Obras completas de Jovellanos? En mi opinión, por tres razones: 1.a, porque Jovellanos, en una parte importante de lo que ha escrito, no es un mero nombre para la historia o para el recuerdo, ni un simple clásico de la literatura o de la historia política, económica, social o cultural de nuestra patria, sino un autor vivo, que está dando todavía soluciones a problemas que a nosotros nos preocupan; 2.a, porque por ello constituye una vergüenza nacional que, salvo algunas obras, las demás no hayan merecido los honores de ediciones críticas, definitivas y anotadas, y 3.a, porque Jovellanos es un autor del que no podrá prescindir nadie que estudie un aspecto cualquiera del segundo XVIII, y por lo tanto es necesario que se le pueda leer con total fiabilidad.
En marzo de este año se ha celebrado en Madrid un Simposio germano-español sobre «posibilidades y límites de una historiografía nacional», organizado por la Sociedad Goerres. En él hemos participado, entre otros muchos, el profesor Mestre con una ponencia titulada «La imagen de España en el siglo XVIII: apologistas, críticos y detractores», y yo, como comentarista de la ponencia. Al comenzar el coloquio intervino el profesor Jurestchke, que nada sabía del proyecto de las Obras completas, para plantearnos el problema existente en la historiografía española por la falta de ediciones de los autores más importantes, y en concreto de Jovellanos, válidas para los estudiosos del siglo XVIII. Esto me permitió exponer ante el ilustre auditorio alemán y español lo que nos proponíamos realizar, y la noticia fue, lógicamente, muy bien recibida. Pero al mismo tiempo la intervención del profesor Jurestchke había puesto, como buen estudioso de nuestro siglo XVIII, el dedo en la llaga. Por esto creo que se comprenderá perfectamente mi sueño y mi empeño.
Sobre la actualidad de la obra de Jovellanos diré algo después; ahora quiero referirme al segundo de los puntos señalados.
Jovellanos publicó muy pocas de sus obras. Muchas de ellas, incluyendo algunas de las principales, quedaron inéditas hasta que diversos editores del siglo XIX las fueron dando a luz. Pero, ¿cómo?
La historia comienza a ser triste desde el primer momento. Cuando llegue al tomo de «Vida y obra», y el lector esté ya en posesión de los datos concretos, haré la historia detallada de todo el lamentable proceso. Pero me parece interesante incluir aquí dos cartas inéditas. La primera, que es una copia incompleta de carta dirigida el 10 de abril de 1830 a Gaspar de Cienfuegos Jovellanos, por un académico de la Historia cuyo nombre no consta, dice así:
«Mi querido Gaspar: Aunque no me contestaste a mi última, vuelvo a escribirte con dos objetos: el primero, el de decirte que dentro de 10 ó 12 días marcharemos papá y yo para Vizcaya, donde puedes mandar con entera franqueza en todo cuanto quieras y gustes, y el segundo, para hablar contigo un rato acerca de esa edición de Jovellanos, cuyo prospecto habrá llegado a tus manos.
Parece que un asturiano llamado don Ramón Carreño [Cañedo] es el editor de esta obra; adquirió copias buenas o malas de algunos manuscritos de tu tío, y deseando hacer algún dinero, los va a dar a luz. Esta edición ni es útil a las letras ni honrosa a la memoria de tu tío. El Sr. Quintana trataba de hacer otra edición de las mismas obras, con notas y observaciones suyas, y ésta hubiera sido mejor por todos conceptos. Mas este señor sabe muy bien que ninguno puede publicar obras ajenas sin consentimiento de su dueño, y mucho menos manuscritos, pues éstos son propiedad del autor y de sus herederos. En vista de esto, y más aún en vista de que la edición de Carreño se publicará antes y quitará la venta a la suya, suspende por ahora su ejecución.
Tú sabes muy bien que los manuscritos de tu tío están diseminados y que la mayor parte están en los archivos de las Corporaciones a que perteneció. Allí acudió Carreño a buscarlos; pero en muchas partes se negaron a franqueárselos. Las Reales Academias Española y de la Historia no se los dieron, y la segunda tuvo a bien pedirme informe sobre el particular. Dije en él que las obras de Jovellanos debían publicarse; pero que ésta debía hacerse por hombres instruidos, y no llevando el objeto de hacer dinero, sino el de honrar la memoria de Jovellanos y hacer un presente a la nación; que tú eras el actual poseedor de su casa y vínculo, y que habías concebido el noble pensamiento de hacer una edición de las obras de tu tío, destinando su producto a la formación y erección de un monumento público a la memoria del autor; pero que este laudable y grandioso proyecto era impracticable en el día, porque asuntos de familia no permitían llevarlo a cabo. Di igualmente noticia de los manuscritos que se contienen en los dos tomos del mejor modo posible. En vista de este informe, cuya copia literal te enviaré más adelante, la Academia de la Historia negó a Carreño los manuscritos que pedía, mandándome decir que estaban a tu disposición para cuando quisieres hacer uso de ellos y ofreciendo para el caso cuantos auxilios pudiere proporcionar.
Así las cosas, y cuando todos creíamos que Carreño desistiría de la empresa, arrojó el guante y sacó su mal parado prospecto. Todos lo creen hijo del hambre, y por consiguiente nada honorífico a Jovellanos. Una de-las últimas Gacetas de Bayona habla mal de él, según me han dicho.
Carreño sacó una orden del Ministerio de Hacienda para que se le franqueen todos los manuscritos que pida; pero las Academias se han opuesto y la de la Historia ha dicho que no puede cooperar a una empresa mercantil y que no hará honor a las letras.
Ahora bien, tú no estás en el caso de publicar la edición de las obras de tu tío, porque los asuntos de tu casa permanecen en el mismo estado; dos ediciones amenazan: una la de Carreño o Cañedo y otra la de Quintana, que aunque duerme, no desiste. Tú puedes oponerte a ambas; pero esto cuesta dinero y no te trae utilidad real; y en este caso me ocurre un pensamiento, que he meditado mucho y consultado con gente instruida y con mi padre y tu madre, y es el siguiente.
La Academia de la Historia es un Cuerpo sabio y que se halla por sí en posición de desempeñar la edición de las obras de tu tío con el mayor lucimiento; tiene poder para detener las otras ediciones y favor para terminarla felizmente, y sólo necesita para hacerlo un ligero impulso: una invitación tuya. Esto es cosa que no cuesta.
(Aquí termina el papel y la copia).
En virtud del último párrafo, Gaspar de Cienfuegos Jovellanos escribe al Director de la Academia de la Historia la siguiente carta, cuya copia no lleva fecha:
Excmo. Sr.: Hace ya largo tiempo que debieran haber sido publicadas las obras de mi ilustre tío el Excmo. Sr. don Gaspar Melchor de Jovellanos. Los 19 años transcurridos desde su muerte, las guerras y las revoluciones que fatigaron por tan largo tiempo la nación, y varios acontecimientos domésticos han diseminado, oscurecido y destruido muchos de sus preciosos manuscritos. Con el doble objeto de hacer un servicio a la nación y de honrar la memoria de un hombre tan eminente traté de hacer una edición completa de sus obras y destinar su producto a la erección de un monumento público que honrase la memoria del autor. A nadie mejor que a mí, que soy el heredero de su casa y vínculo, correspondía llenar este pensamiento; mas circunstancias imprevistas y el estado de mi familia no me permiten ejecutarlo en la actualidad.
He visto que se ha anunciado al público una edición de estas mismas obras, que lleva consigo todos los caracteres de una empresa mercantil y que no puede ser útil a las letras, ni hacer honor a la memoria del Sr. Jovellanos.
Deseando, pues, que no padezca el nombre de mi ilustre tío y que la edición de sus obras sea correspondiente al mérito y a la celebridad de su autor, me atrevo a invitar a la Real Academia de la Historia a que se sirva tomar enteramente a su cargo esta empresa, útil a las letras, gloriosa a la nación, honorífica al Sr. Jovellanos y digna de un Cuerpo tan ilustrado.
El Sr. Jovellanos fue individuo de número de esa Real Academia; para ella escribió mucha parte de sus obras y sobre puntos históricos versan el mayor número de sus trabajos. En vista de esto espero que V. E. E. se servirán adoptar mi pensamiento y hacer este nuevo servicio a la literatura española. Dios, etc., etc. Excmo. Sr.1
Con estas dos cartas quedan, en principio, claras tres cosas: 1.a, la empresa de Cañedo fue puramente comercial, consiguiendo copias buenas o malas como fuera, sin respetar los derechos de sus legítimos dueños, y empresa condenada por muchos interesados en que se hiciera algo digno de Jovellanos; 2.a, es indudable que Cañedo estorbó la posible edición de Quintana, y naturalmente por su culpa quedó nonata la que hubiera podido hacer la Academia de la Historia, y 3.a, todo lo que Cañedo no pudo conseguir se quedó de momento inédito, aunque se conociera su existencia y la conociera él mismo, a juzgar por el catálogo que da en su tomo VII.
Pero lo más grave es que la edición de Cañedo ha tenido importantes consecuencias. Todas las ediciones siguientes (las de Linares, 1839-1840, Mellado, 1845-1846, Logroño, 1846-1847, Nocedal, 1858-1859, y otras posteriores) proceden fun¬damentalmente de la suya, aunque se añadan algunas cosas nuevas, especialmente en la de Nocedal, que contó con importantes ayudas gijonesas. En suma, cuando se trató de editar textos inéditos, unas veces se utilizaron malas copias, otras textos no definitivos; cuando los editores pudieron disfrutar del autógrafo de Jovellanos, leyeron la empecatada letra de don Gaspar según les permitió su saber y entender, que a veces no fue mucho. Ha sido habitual que el editor, y a veces el copista que transmitía el texto al editor, hicieran supresiones y correcciones. Es auténticamente doloroso comprobar, por ejemplo, con qué facilidad Nocedal, en los dos tomos de la Biblioteca de Autores Españoles que dedica a Jovellanos, se toma libertades que hoy desacreditarían a cualquier editor, y lo peor es que otros, incluso en el caso de obras publicadas por Jovellanos, prefirieron seguir el texto de Nocedal al de la edición del autor. Si a todo esto añadimos que las erratas no sólo han pasado de uno a otro, sino que se han ido multiplicando, quedará totalmente claro que es hora de ofrecer textos definitivos.
Desgraciadamente esto no será siempre factible. Los manuscritos de Jovellanos padecieron ya muchos avatares antes de su muerte: traslados múltiples del autor, embargo de los que tenía en Gijón en el momento de su prisión en 1801, los problemas que tuvo en Barcelona a su vuelta de Bellver, los que se siguieron de los azarosos tres últimos años de su vida, todo lo cual se refleja en las dos cartas antes transcritas. Y a éstos se añadieron otros: el poco cuidado que tuvieron sus propios herederos; la venta de muchos papeles a la muerte de Ceán Bermúdez; la ninguna atención que se prestó generalmente a los manuscritos que estaban en la Biblioteca del Instituto de Jovellanos; el desgraciado traslado de éste, durante la segunda República, al que había sido Colegio de los Jesuitas; el no menos desgraciado hecho de que el Regimiento Simancas, alojado desde finales de 1934 en el mismo edificio, fuera una de las guarniciones que se sublevaron en julio de 1936, sin éxito, porque en agosto ardía el edificio por los cuatro costados; el que colecciones que hombres curiosos habían reunido se desperdigaran después por sus herederos, etc. Todo ha contribuido a la gran catástrofe de los papeles de Jovellanos. Todavía se conservan muchos acá y allá, probablemente otros están enterrados en bibliotecas particulares de las que no se tiene la menor noticia; pero muchos más han desaparecido para siempre. Esto es más triste, por ejemplo, en el caso de la correspondencia, no sólo por la imposibilidad de confrontar las cartas publicadas con sus originales, sino por la pérdida de muchas inéditas. Podrá comprobarse cuando en los tomos correspondientes haga referencia a infinitas cartas que indudablemente fueron escritas o que se conservaban todavía a finales del siglo XIX, y que no se han publicado jamás. Y la correspondencia de Jovellanos no sólo es una de las más numerosas, sino una de las más interesantes del siglo XVIII, por su valor literario y por la infinidad de temas que toca, por las ideas que desarrolla y hasta incluso por ciertos rasgos, como puede ser el uso, esporádico o no, del dialecto (para don Gaspar no era lengua).
Pero quizás es más triste el caso del Diario. La catástrofe de 1936, a la que ya me he referido, dio al traste con unos manuscritos inestimables, cuya complicada historia contaré en su lugar oportuno. Por suerte, Somoza había preparado para la imprenta un original, que se conserva, confrontando meticulosamente la deplorable edición de 1915 con los manuscritos. Pero éstos no eran fáciles de interpretar, y aunque demos por buena la versión de un experto como Somoza, no hubiera sobrado tener a la vista el autógrafo de Jovellanos.
Pienso que todavía hay algo más triste: ciertas importantes obras jovellanistas deberían conservarse en los archivos o bibliotecas de instituciones nacionales o locales. Sin embargo, la Sociedad Económica Matritense no tiene el original corregido del Informe en el expediente de Ley Agraria; el manuscrito de las Cartas del viaje de Asturias, que a mediados del siglo pasado estaba en la Academia de la Historia, ahora no se encuentra; los importantes discursos de Jovellanos en la Sociedad Económica de Asturias no están entre los pobres restos de su archivo; y así podría citar otra serie de obras. Con decir que Somoza cuenta que encontró manuscritos de Jovellanos que se estaban utilizando como papel de envolver en algunas tiendas gijonesas, está todo dicho.
Pero además de esto, las obras de Jovellanos editadas en el siglo XIX han padecido otra desgracia: apenas si han sido anotadas seriamente. Sin embargo, muchas de ellas hoy no pueden entenderse correctamente más que si se aclaran debidamente el contexto, las alusiones, las referencias y otra serie de circunstancias. La razón, además, es muy simple: en los escritos íntimos o personales hay muchos detalles no explicitados, porque el autor no necesitaba hacerlo, pero que nosotros debemos conocer para comprender perfectamente lo que quiso decir. En escritos oficiales es con frecuencia el contexto el que un lector de hoy desconoce.
Esta falta de notas hace árida y hasta tediosa la lectura actual de algunas obras de nuestro autor.
* * *
He citado ya varias veces a un hombre benemérito, que aparece en Gijón a finales del siglo XIX: don Julio Somoza. Creo que todo lo que se diga de él, en cuanto investigador de la vida y la obra de Jovellanos, será siempre poco. El publicó y estudió una gran cantidad de escritos inéditos y de documentos referentes a nuestro autor, él hizo por primera vez una complicada pero utilísima bibliografía de don Gaspar, él preparó la primera edición seria del Diario, él rescató de la pérdida total abundantes manuscritos jovellanistas. No es posible hoy tratar de Jovellanos sin consultarle constantemente. Pero Somoza era, en primer lugar, hombre de su tiempo, y en segundo lugar, un autodidacto. Su método de trabajo a la hora de editar textos no se ajusta a lo que hoy consideramos un método científico. Tenía también sus rarezas. Todo esto nos obliga a ser enormemente cautos al utilizar sus materiales, tanto los impresos como las copias suyas que se conservan. De todas formas la bibliografía jovellanista dio pasos de gigante con Somoza, y esto tendremos que agradecérselo todos los que nos dedicamos al estudio de la vida y la obra de don Gaspar.
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A las ediciones que tuvieron más o menos la pretensión de ser Obras completas les ha sucedido otra lamentable circunstancia: todas se han hecho sin un criterio definido en cuanto a la organización de los materiales. Esto es grave, dada la abundantísima y variada producción de Jovellanos. Sea cual sea la edición que hoy se maneje, el lector que pretenda enterarse del pensamiento de don Gaspar sobre un tema determinado, se pierde necesariamente. Si acude a los tomos de la Biblioteca de Autores Españoles, que son los que más frecuentemente se utilizan, entre otras cosas por estar todavía a la venta y ser los más completos, el lector se encontrará en los dos primeros, preparados por Cándido Nocedal, con una ordenación extraña, sin especificar secciones e intercalando entre las que se pueden discernir escritos que nada tienen que ver con la anterior o la posterior. De todas formas es posible advertir la siguiente clasificación: obras literarias, escritos pedagógicos, un grupo variopinto de trece obras, escritos sobre cuestiones artísticas, escritos jurídicos, la Memoria en defensa de la Junta Central, escritos económicos, cartas a varias personas (donde se incluyen también obras en forma epistolar), la Noticia y la Ordenanza del Real Instituto; pero a continuación hay un conglomerado de 30 escritos sobre materias muy diversas. El mismo Nocedal explica así en la pág. 421 del segundo tomo la razón de esta miscelánea:
«Todos los documentos inéditos, reservados para este lugar, deberían hallarse en las diversas secciones de las obras de nuestro autor repartidas en uno y otro volumen; pero con ellos nos ha sucedido lo mismo que con el considerable número de cartas, nunca hasta ahora publicadas, que anteceden, es a saber: que nos vemos obligados a insertarlas cuando llegan a nuestras manos, y en el mejor orden compatible con la época en que las vamos recibiendo.»
En el tercer tomo iba a incluir, al menos, el Diario (acaso sólo los nueve primeros cuadernos); pero cesó la publicación de la B. A. E. y ese tomo quedó a medias; en la Biblioteca de Menéndez Pelayo se conservan, por suerte, las capillas de lo tirado.
Al continuarse la B. A. E., Miguel Artola edita otros tres tomos, mucho mejor ordenados, aunque este orden no deshace el caos inicial, sino que lo aumenta, y no por culpa del editor, al tener que acudir el lector para un mismo tema a unos y otros volúmenes. Hasta hay obras unitarias, como las Memorias histórico-artísticas de arquitectura, que están fragmentadas en varios tomos.
Es imprescindible dar cierta coherencia a este inmenso y heterogéneo corpus. Sólo así el lector al que le interesan nada más que determinados asuntos podrá estudiarlos en su conjunto. Es cierto que hay obras, como las Cartas del viaje de Asturias, que se refieren a diversos temas y que no se pueden fragmentar por su carácter unitario. Pero bastará fijar un adecuado sistema de referencias.
Indudablemente no es fácil establecer una clasificación de las obras de Jovellanos. Cualquiera que se adopte plantea inconvenientes y dificultades. El sistema que voy a seguir obedece a dos criterios fundamentales. 1. °, agrupar en cada sección escritos afines por su género literario o por la temática preponderante, y 2.°, tener en cuenta los organismos o instituciones para los que muchos escritos fueron redactados. Centros temáticos, como Asturias, me parecían imprescindibles, pero también a la hora de reunir las obras de carácter económico, era necesario agruparlas en torno a Sociedades Económicas, Junta de Comercio, informes mineros, etc. Uno sólo de los dos criterios no hubiera llevado a ningún resultado coherente. Naturalmente, el cronológico era totalmente desechable, por la confusión que hubiera originado, aunque se planteara la evolución del pensamiento de Jovellanos y su actividad profesional y literaria de una manera muy sugerente. Sin embargo, dentro de cada una de las secciones y de cada uno de los grupos de cada sección, sí he adoptado la ordenación cronológica. Por otro lado, hay obras que pueden incluirse en dos o más secciones; como en el caso antes citado de obras unitarias que se refieren a diversos temas, bastará un buen sistema de referencias.
Teniendo todo esto en cuenta, he organizado las obras de Jovellanos en torno a las siguientes secciones:
1. Obras literarias.
2. Correspondencia.
3. Diario.
4. Obras de tema pedagógico.
5. Obras de tema económico.
6. Obras de tema asturiano.
7. Escritos sobre arte.
8. Intervenciones en el Consejo de Ordenes.
9. Escritos encargados por las diversas Academias.
10. Escritos jurídicos.
11. Escritos políticos.
12. Documentos biográficos.
A estas secciones seguirán otras dos:
13. Vida y obra de Jovellanos.
14. Índices.
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A pesar de estar previsto un amplio tomo final de índices, ha parecido conveniente ofrecer índices parciales al final de cada una de las secciones (o del correspondiente volumen, si éste incluye dos o más secciones). Esto facilitará la utilización concreta de cada sección, pero al mismo tiempo pondrá al alcance de los lectores que sólo dispongan de alguna de las secciones los índices correspondientes. Natural-mente, todos ellos serán subsumidos en el tomo final.
Comienzo con las obras literarias, siguiendo una vieja tradición, y continúo con la Correspondencia, porque es acaso la parte de la obra de Jovellanos peor tratada en su conjunto, a pesar de la enorme importancia que tiene en todos los sentidos. De ella además habrá que extraer una gran cantidad de noticias para el comentario de otras muchas obras, y de ahí la necesidad de disponer de antemano de una edición fidedigna.
La sección tercera, la del Diario, se va a editar con las siguientes circunstancias: se ofrecerá una cartografía precisa de todos los viajes, se volverán a recorrer con la máxima exactitud posible todos los itinerarios, se comprobarán in situ cuantos datos aporta Jovellanos, y la edición se acompañará con fotografías y con dibujos relacionados con lo que él dice en sus cuadernos. Las notas serán abundantes, a fin de que no quede, a ser posible, nada sin explicación.
Un problema se me ha planteado desde el primer momento: el de las referencias a otras obras de Jovellanos. Lo ideal hubiera sido que todas ellas se hubieran hecho a la presente edición; pero esto era impracticable. Por lo tanto, no me ha quedado otra solución que comenzar citando ediciones existentes. El lector que desee compulsar una cita o ampliarla sabrá comprender esta dificultad. Sólo en el caso de la Correspondencia y del Diario era posible una doble referencia: a la fecha y a la edición de donde se toma la cita; la primera permitirá la utilización directa de esta colección en cuanto estén publicados los correspondientes tomos.
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Quisiera dar una explicación sobre la utilización sistemática de la primera persona del singular. Tratándose de una obra que se hace en equipo, lo lógico parece que hubiera sido servirse de la primera del plural. Pero, ante todo, confieso mi horror al plural a la hora de escribir. El plural de humildad me suena a hipócrita, y el plural por la multiplicidad de colaboradores una forma de diluir la responsabilidad, la cual sólo debe corresponderme a mí. Preocupado por este tema, se me ocurrió analizar lo que practicó Jovellanos. Naturalmente, en las cartas y en el Diario sólo usa el plural cuando el sujeto lo requiere. En las obras escritas a nombre de una Corporación, donde cabía el plural, emplea, sin embargo, la tercera persona del singular («la Academia piensa», «la Sociedad considera»). En otros escritos más personales
Jovellanos no se sirve más que del yo, incluso en los que consta la participación directa de colaboradores, como en las Memorias histórico-artísticas de arquitectura. Esto ha sido lo que me ha decidido definitivamente por la primera persona del singular, la cual sólo pretende indicar la unidad de todo el equipo en una tarea única, con un responsable individual, al que habrá que atribuir todos los defectos.
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Este es el ambicioso proyecto en el que está implicado el Centro de Estudios del Siglo XVIII, el equipo dedicado a la preparación de las Obras completas de Jovellanos, y yo mismo. Espero que en pocos años se pueda sacar adelante, con el alto patrocinio del Ilustre Ayuntamiento de Gijón.
Este patrocinio lleva aparejada la creación de un fondo bibliográfico, que se tratará de que sea el más amplio posible, de tal forma que, en pocos años, Gijón pueda contar con una importante biblioteca de investigación jovellanista. No es cuestión de hablar ahora de lo que sólo son ideas; pero es indudable que en torno a ese fondo cabrán multitud de actividades de investigación e incluso de orden práctico. Mi ferviente deseo es que estas posibilidades se aprovechen, y que el ídolo Jovellanos pase a ser el hombre genial, pero de carne y hueso, que ejerza todavía influencia vivificadora sobre las actividades asturianas. El progreso de Asturias fue una de sus constantes preocupaciones, desde todos los ángulos, la agricultura, la industria, el comercio, las vías de comunicación, la cultura popular, la historia, la etnografía y hasta el más puro regionalismo. Jovellanos, e insisto en ello, sigue siendo acicate de acciones futuras. Las circunstancias, algunas, han cambiado, pero la esencia del planteamiento del problema asturiano apenas ha variado de entonces acá. Por eso la voz de Jovellanos no se ha apagado, sino que sigue viva y fuerte, gritando desde sus obras, y debe ser escuchada.
Pero Jovellanos no termina en la frontera de Asturias. Alguna vez he recordado una curiosa anécdota., Era yo Visiting Professor en la Universidad de Maryland, y uno de mis cursos versaba sobre el siglo XVIII español. Entre mis alumnos estaba un estudiante de último curso de Ciencias Económicas. Después de terminar mi explicación sobre Jovellanos, en el coloquio que se siguió, este estudiante intervino para decir poco más o menos: «Estoy admirado. Estudiamos en nuestro Departamento diversos problemas económicos norteamericanos, y resulta que Jovellanos es el que nos da respuesta y nos ofrece las soluciones justas». Pienso que en estos momentos todavía obras como el Informe en el expediente de Ley Agraria tienen mucho que decir para resolver los problemas del campo español.
Pero creo que la actualidad del pensamiento jovellanista, o en otros casos su valor histórico como anticipador de importantes evoluciones, no termina ni en lo regional ni en lo económico. Puede verse, por ejemplo, en los temas pedagógicos, en los que él rompió lanzas a favor de innovaciones que todavía son fundamentalmente tendencias actuales, desde una enseñanza primaria y profesional impartida a todos, hasta los mismos métodos de enseñanza, pasando por una educación totalmente gratuita hasta el final de lo que hoy llamamos Bachillerato. Incluso en éstos y en otros muchos temas fue más allá de lo que nosotros hemos conseguido.
No se trata ahora de analizar aquellos aspectos de la obra de Jovellanos que pueden tener plena actualidad. En todo caso esto corresponderá al estudio sobre su obra. Naturalmente, por mucho que sea nuestro fervor jovellanista, no se puede ocultar que una parte de lo que ha escrito tiene más bien interés histórico, como testimonio simplemente de su pensamiento, o porque se refiere a los pequeños problemas diarios en los que tuvo que intervenir. Aun así es fácil encontrar siempre acá y allá ideas y frases dignas de ser retenidas.
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Una de las normas de la Colección de Autores Españoles del Siglo XVIII es la de ofrecer de antemano la bibliografía completa del autor y a ser posible exhaustiva de los trabajos críticos sobre él. Ahora bien, en el caso de Jovellanos esto no parece necesario, ya que existen los siguientes libros de consulta:
Julio SOMOZA DE MONTSORIÚ, Inventario de un jovellanista, con variada y copiosa noticia de impresos y manuscritos, publicaciones periódicas, traducciones, dedicatorias, epigrafía, grabado, escultura, etc., Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1901.
José SIMÓN DÍAZ y José María MARTÍNEZ CACHERO, «Bibliografía de Jovellanos (1902-1950)», en Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, Oviedo, n.° 13, 1951, págs. 131-152.
Constantino SUÁREZ, Escritores y artistas asturianos. Índice bibliográfico, edición, adiciones y prólogo de José María Martínez Cachero, tomo IV, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1955, s. v. Jovellanos (la bibliografía es en gran parte obra de Martínez Cachero).
José CASO GONZALEZ, «Notas críticas de bibliografía jovellanista», en Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo, XXXVI (1960), págs. 179-213.
Lilian L. RICK, Bibliografía crítica de Jovellanos (1901-1976), Oviedo, Cátedra Feijoo, 1977 («Textos y estudios del siglo XVIII», 7).
Por otro lado, en la «Bibliografía dieciochista» del Boletín del Centro de Estudios del Siglo XVIII se publica anualmente la última bibliografía que llega a nuestro conocimiento.
De aquí que siga otro sistema que me parece más útil: se irá dando en cada caso la bibliografía concreta que interese, y en uno de los índices del último tomo se recogerá la bibliografía completa y puesta al día.
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Debo terminar dando las gracias a cuantos a lo largo de estos 30 años me han ayudado de una u otra manera. Han sido tantos, que no puedo enumerarlos sin correr el riesgo de olvidarme de muchos. La mayor parte de ellos se irán citando en los lugares oportunos. Pero sí quisiera hacer referencia a dos muertos: don Antonio Rodríguez-Moñino y don Joaquín Arce. El primero me comunicaba la existencia en su riquísima biblioteca de cualquier manuscrito o impreso raro que tuviera relación con Jovellanos. No sólo me permitió llevar a Francia papeles (por ejemplo, el autógrafo de Meléndez Valdés de la Sátira II de Jovellanos), sino que llegó incluso a algo que tengo que contar: estaba él entonces en la Universidad de California (campus de Berkeley), en el mismo Department of Spanish and Portuguese en el que años después fui yo también profesor; supe que iba a regresar de vacaciones a España muy pronto, y por ello le escribí para rogarle que, cuando estuviera en Madrid, me permitiera sacar microfilme de los abundantes originales de cartas de Jovellanos a González Posada que él tenía. El comienzo de su contestación me dejó de piedra: «Váyase usted al cuerno»; pero dos líneas después todo quedaba aclarado: se va usted a Madrid, recoge los manuscritos, trabaja con ellos tranquilamente en su casa todo el tiempo que quiera, y después me los devuelve. Cuando le restituí los manuscritos Rodríguez-Moñino estaba ya «con las ansias de la muerte». Éste era Moñino, y de ello sabemos bastante cuántos hemos tenido la fortuna de ser sus amigos.
De Joaquín Arce no sé qué decir. Desde nuestra juventud el tema de conversación era siempre Jovellanos y el siglo XVIII. Fueron muchos años de un constante intercambio de ideas, de una constante discusión socrática, que nos llevaba continuamente a un acercamiento. Cuando en el verano de 1981 se declaró la enfermedad que terminaría con él en marzo del año siguiente, estaba reelaborando un libro, a base de una serie de artículos publicados o inéditos. Por si el tiempo no le daba para terminarlo, me pidió a mí que me encargara de su preparación definitiva. Pudo rematarlo antes de que le enterráramos en Pozuelo de Alarcón un luminoso mediodía de la primavera de 1982. De este proyecto de Obras completas habíamos hablado en el otoño de 1981. Contaba con su colaboración directa. Ya no será posible.
No sería justo si no agradeciera aquí a todo mi equipo su paciencia, su entrega y su magnífica colaboración. Son las ocho personas del equipo las que harán posible la consecución de este proyecto. A ellas se unirán sucesivamente diversos colaboradores especiales, imprescindibles para que estas Obras completas sean de verdad la edición definitiva de todo lo que ahora conocemos de Jovellanos.
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Creo que no puedo terminar sin decir, muy simplemente, que esta edición es mi homenaje, y el de todo el Centro de Estudios del siglo XVIII, a uno de los hombres más extraordinarios que ha dado Asturias a la historia nacional, don Gaspar Melchor Baltasar de Jovellanos y Ramírez.
Oviedo, junio de 1983. José Miguel Caso González